El hombre viejo

Viejos, dormidos, muertos y fantasmas en el Evangelio

19 de marzo de 2011

 

 

Esta Sección gira en torno a la célebre exhortación de san Pablo: deshaceos del hombre viejo, revestíos del nuevo (cfr Efesios 4, 22-24). El hombre viejo es aquella versión de nosotros mismos que rehúye a Cristo, se asusta de la vocación y se resigna a la mediocridad. Es el homúnculo autosuficiente que todos llevamos dentro, pesimista y derrotista. Para el hombre viejo las dificultades son siempre demasiado graves, las tentaciones demasiado fuertes, las personas demasiado egoístas, el trabajo demasiado estéril, la carne demasiado apetecible y la vida demasiado corta. Su problema, sin embargo, no consiste en ser malo o incrédulo, sino algo mucho peor: pusilánime. Menos mal que está escrito: Decid a los cobardes de corazón: no temáis. Mirad que viene vuestro Dios; él vendrá y os salvará (cfr Is 35, 4)

 

I. LA MUERTE LENTA

 

La lógica vieja

Sujetadlo y conducidlo con cautela

El vocabulario del hombre viejo

El enterrador

Sarcófagos sonrientes y momias liadas

Felicidad basura

Pereza y miedo

Tumbado a la bartola

El sopor

Mirar atrás

 

II. LA CRISIS PROVIDENCIAL

 

Náufragos y fantasmas 

¿Para quién vives?

Desgañítate, levántate, crújete

Se arrepintió y fue

El perrillo y las migajas

Está desierto y es tarde

El cojo feo de la Puerta Hermosa

Me lanzo

 

III. EL HOMBRE NUEVO

 

Cristo, el hombre nuevo

El corazón nuevo

El ciego de Jerusalén

La boda sin fin

 

 

 

I. LA MUERTE LENTA

 

La lógica vieja

 

Nunca me escandalizaré (Mt 26, 33).— ¿Mentía Pedro? No, era totalmente sincero, sólo que a un nivel meramente humano. Sin embargo el Pedro de la fe, aquel que confesó tú eres Cristo, ahora callaba.

 

El hombre viejo es muy sincero cuando dice “no puedo” y también cuando afirma categóricamente “¡podré! (yo sólo)”. Pero es una sinceridad enferma de raíz pues no se funda en la Verdad, o sea en Cristo, que ha dicho: sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

 

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—Tú eres de ellos.

Pedro replicó:

—hombre, no lo soy (Lc 22, 58).

En cuanto que era de ellos, es decir, del grupo de Jesús, Pedro mentía. Pero por el hecho de mentir se separaba del que es la Verdad, y por tanto era verdad que no era de la Verdad. ¡Qué embrollo! Entonces, si no es de Cristo, ¿de quién es este Pedro? ¿Qué puede decir de sí mismo?

 

Es la tragedia de la mentira, sobre todo cuando versa sobre el ser amado. Quien reniega de su amor pierde su identidad. Si no estás seguro de lo que amas tampoco estás seguro de quién eres.

 

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Los hombres viejo y nuevo (cfr Col 3, 9-10) son ambos sinceros, pero cada uno a su modo, por eso dicen lo contrario. El nuevo es sincero desde dentro y hacia dentro, el viejo desde fuera y hacia fuera…

 

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¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca (Lc 22, 71).— El hombre viejo tiene sus propias evidencias, tan irrefutables y contundentes como las de la gracia, solo que en un plano inferior. En la lógica mezquina y miope del hombre viejo, todo encaja de modo perfecto: “lo he visto con mis propios ojos”; “lo sé por experiencia”; “lo he vivido en mis carnes”; “sé lo que me digo”, etc.

 

Por aplastante que sea, sin embargo, esta lógica no deja de ser fruto de la cobardía. Se mueve en un mundo deformado, estrecho, y a la postre, falso. Para salir del agujero no basta con abrir los ojos: hay que moverse hacia la luz.

 

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El que presume de realista no suele ser más que un pragmático. Al pragmático le importa más lo útil que lo real; prefiere lo hacedero a lo verdadero. Porque, en efecto, aceptar lo real es a veces poco práctico, pues acarrea engorrosos problemas.

 

Que se lo digan a Pilato, que se encogió de hombros diciendo ¿y qué es la verdad? (Jn 18, 38). Y de este modo tan “realista” se libró de esa fuente de problemas llamada Jesús.

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Los apóstoles estaban tristes y llorosos en la mañana de la Resurrección. Hasta que llegó Cristo y les reprendió por su dureza de corazón por no creer a los que le habían visto (Mc 16, 14).

La tristeza es incrédula. Para el triste la alegría es hueso duro de roer. Igual que la luz en los ojos del recién nacido, así la alegría causa dolor en el triste.

 

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No os engañéis unos a otros, ya que os habéis despojado del hombre viejo con sus obras  (Col 3, 9).— El traje del hombre viejo es una camisa de fuerza. ¿Por qué? Primero porque anula la libertad, quedando el hombre a merced de cualquiera, incluso del diablo. Y segundo porque esta camisa le fuerza a abrazarse a sí mismo cada vez más, desesperadamente, hasta hacer imposible todo otro abrazo verdadero.

 

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El hombre viejo acata su debilidad como un dogma y se la impone a Dios para que le diga “amén”.

 

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Sujetadlo y conducidlo con cautela

 

 

Sujetadlo y conducidlo con cautela (Mc 14, 44),

dice Judas,

“es un sujeto imprevisible, lo sé por experiencia, llevo años con él y no me aclaro”.

Los hombres de Judas se mueren de miedo:

“ojo con las manos, que hacen milagros cuando menos lo esperas,

atádselas fuerte, cuidado”.

Por eso los hombres de Judas llevan palos y espadas,

y se ocultan en las sombras de la noche,

vaya a ser que su mirada les fulmine,

o que saque de pronto sus armas secretas,

con Jesús nunca se sabe.

No te acerques demasiado,

puede fastidiar tu fin de semana,

tu hora cómoda de levantarte,

tu sofá mullido ante la televisión,

átalo fuerte, ten cuidado,

puede involucrarte en asuntos espinosos,

o sacar a relucir tus trapicheos,

con Jesús nunca se sabe;

protégete,

escóndete en la penumbra,

no se te ocurra rezar,

no des la cara,

únete a la cuadrilla de Judas,

venga, coge tu palo…

 

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Los que estaban a su alrededor, viendo lo que iba a suceder, le dijeron: ¿les damos con la espada? (En Getsemaní, Lc 22, 49).— Estamos muy prontos para defender a Cristo de los hombres: de ese modo disimulamos nuestro miedo atribuyéndoselo a Él.

 

El miedo no sólo desenvaina rápido y golpea fuerte, sino que además se cree valiente.

 

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Hay dos miedos: el de los blandos y el de los duros. El miedo de los blandos se manifiesta en los nervios, la vacilación, el encogimiento. El duro, en cambio, demuestra su miedo volviéndose insensible y cruel, adoptando una pose autosuficiente, de fría indiferencia. ¿Es por ello más fuerte que el blando? Todo lo contrario. El duro es más frágil que el blando, y por tanto más débil. Su presunción le impide pedir ayuda y la necesidad de aparentar le sume en la mentira. El duro está por eso más expuesto a la angustia y la frustración que el blando, y es más desgraciado.

 

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El hombre-topo.— En el subsuelo del miedo todo es plácido y tranquilo. Como en un refugio antiaéreo, el miedoso está a cubierto de bombas y disparos.

 

Pero en este sótano falta el aire, la luz y el horizonte, y lo que es peor: puedes aficionarte insensiblemente al cautiverio, y acabar cambiando el cielo por la estrechura de la tierra. ¿De qué te serviría entonces protegerte contra la muerte, si te entierras en vida?

 

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Decid a los cobardes de corazón: no temáis (Is 35, 4).— ¿Por qué “de corazón”? Porque esta cobardía la provoca un miedo profundo, latente, subterráneo, que se manifiesta paradójicamente en forma de dureza, arrogancia y agresividad. ¿Y de qué tiene miedo quien necesita demostrar de esta forma que no lo tiene? Del amor. Pues el amor es el riesgo fundamental de todo hombre, y fracasar en él es malograr la vida. Por eso el temor no es más que amor que vacila y se ahoga, amor que huye de sí mismo.

 

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Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y cierra la puerta (Mt 6, 6).— Algunos (¡quizá yo!) se pasan  la vida a las afueras de su propia casa, sin conseguir entrar. Merodean por los alrededores y se asoman desde fuera por las ventanas, contemplando con añoranza el interior. Allí todo es acogedor, ordenado, cálido, mientras ellos, ay, se quedan fuera tiritando de frío. No dan con la puerta, y si por casualidad la encuentran no pueden entrar, pues han perdido la llave…

 

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El vocabulario del hombre viejo

 

 

Te conozco y sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste… (Parábola de los talentos, Mt 25, 24).— Sólo le faltaba añadir: ¡Por favor, no seas tan divino y sé un poco más humano! Encogido, resignado, rendido, pretende dar lecciones de humanidad al Hombre perfecto, y de suavidad al Amor de los amores.

 

¿Qué es esta humanidad que echas en falta en Dios, e incluso le exiges? ¿La del homúnculo desmedrado o la de Cristo, hombre clave y clave del hombre?

 

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Lo sé por experiencia.— ¿Qué experiencia? ¿La de rendirte al miedo o la de sobreponerte y luchar? ¿La experiencia de confiar en Dios o la experiencia de aferrarte a tus míseras fuerzas?

 

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El día que digas “es que yo soy así” te saldrá el carcamal que llevas dentro.

 

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¡Créete!

No como un dogma de fe sino como una promesa.

Eres el milagro andante con que Dios te prueba su amor.

Mírate y cree que madurarás,

multiplicarás tus talentos,

descubrirás tus tesoros.

Tú eres infinitamente más que tú.

Créete y crécete.

 

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— Eso que dices es muy bonito, pero luego llega la realidad de la vida…

 

— ¡La realidad de la vida es Cristo!  Y en efecto llega, sólo que a veces llega cargado con la Cruz. ¿No será por eso que no lo reconoces?

 

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La teoría está muy bien, pero sé realista, abre los ojos, la vida es dura.— Me asombra esta fe inquebrantable de algunos en lo que san Pablo llama “hombre viejo”: el hombrecillo disminuido, desmedrado, mortecino, que desiste de sí, y alega su debilidad como excusa de sus fracasos. Creer en el hombre viejo requiere más fe aún que creer en el nuevo, que es Cristo. En contra de lo que parece, el problema del escéptico es un exceso de credulidad.

 

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— Sí, orar está muy bien, pero además necesito afectos, consuelo, apoyo, tranquilidad, salud, comprensión, motivación, caricias, porque… ¡también somos humanos!

 

— ¿Cómo que también? ¿No es acaso la fe lo que confiere consistencia humana a todo eso? ¿No es la fe lo que te permite apreciarlo en su justa medida, sin adorarlo como ídolo ni temerlo como tentación? ¿Y no es también la fe la que te hace encontrar toda esa suavidad humana donde parece humanamente que no la hay? En cambio sin fe ¿en qué se convierten estos consuelos sino en un pobre espejismo, e incluso en un veneno, una trampa y una cadena ?

 

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— ¡Pero también somos humanos!

 

— ¿También? ¿Es que la fe —tu fe— no es la garantía, la prueba y el crecimiento de tu humanidad? ¿Acaso no eres tanto más tú cuanto más crees?

 

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El enterrador

 

 

Tuve miedo y por eso enterré tu talento…siervo holgazán. (Mt 25, 24-25).— La parábola pone de manifiesto ese vínculo sutil que une la pereza con el miedo. Detrás de un perezoso suele haber un miedoso. El perezoso recula ante su propia grandeza, y entonces alega la multiexcusa polivalente: “no puedo”.

 

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Entierro preventivo.— Por si acaso estuviera muerto, lo entierro. ¿Y si estuviera vivo? Da igual, porque tarde o temprano se iba a morir…

 

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Para los dos primeros siervos, el talento es principio y promesa de nuevos talentos. Para el siervo negligente, en cambio, es fuente de disgusto y preocupación. Todo depende de cómo se mire. El mismo talento unos lo ven como trampolín y otros como cadena; a unos infunde esperanza, a otros inspira temor; para los generosos es un regalo, para los cobardes una maldición. La misma situación que a unos agobia —exámenes, problemas, enfermedad, pobreza— a otros enriquece. Al que tiene —dice el Evangelio—  se le dará y abundará, pero al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará (Mt 13, 12).

 

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Tuve miedo, por eso fui y escondí tu talento en tierra (Mt 25, 25).— ¿Miedo de qué? ¿Del amo, del talento, o de sí mismo? De las tres cosas, pero sobre todo de la última. pues el talento —mis cualidades, mis aficiones, mis aptitudes— me recuerdan la obligación de ser yo mismo, o sea, mi vocación. ¡Y cómo cuesta a veces tomarla en serio!

 

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Eres duro porque cosechas donde no sembraste (Mt 25, 24).— Quise sembrar, respondió Dios, pero la semilla, que eras tú, no se dejaba…

 

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Te conozco y sé que eres duro… (Mt 25, 24).— Te conozco a ti —viene a decir el siervo de la parábola— según la idea que me he hecho de mí. Te mido con el metro de mi debilidad. Como soy mediocre y mezquino, deduzco que tú eres severo e inflexible.

 

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¡Ya me conozco! —exclama, mejor dicho, gime y suspira, el hombre viejo—. No puedo, es muy difícil, si yo le contara, no vale la pena, lo he intentado muchas veces, lo sé por experiencia. ¡Yo soy así!

 

Siempre con la misma cantinela. Recházalo con todas tus fuerzas y mira a Cristo. Entonces dirás como Juan y Santiago: ¡podemos! (Mt 20, 22).

 

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Sarcófagos sonrientes y momias liadas

 

 

De Egipto llamé a mi hijo (Mt 2 15), dice la Escritura,

del país de las pirámides y las tumbas y los sarcófagos,

del país donde embalsaman a los muertos,

y quién sabe si también a los vivos,

del país de las momias,

de allí rescata el Dios vivo a sus hijos,

del territorio de los zombis, los fantasmas y los espectros,

los hijos del Dios vivo no se dejan liar,

se resisten a las vendas enrolladas de la mentira,

a la tranquila y dorada y plácida comodidad del sarcófago

Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida (Sal 114, 9),

caminaré aunque me hinque las piedras y me pinchen los cardos,

prefiero un corazón desgarrado a un corazón disecado,

antes arrepentido que amojamado,

me moveré en el territorio de la Gracia, que mana leche y miel

me moveré en la Iglesia, que es la Tierra prometida,

 

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Sobre el sarcófago la cara del faraón reluce

risueña y mofletuda.

Ábrelo y encontrarás a la momia tiesa y pellejosa.

Si quieres ayudarle, ten paciencia,

pues las momias se lían mucho...

 

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¡Líbrate de la momia!,

esa bruja que hay en ti,

san Pablo lo llamaba el hombre viejo (Efesios 4, 21),

el carcamal que cada cual lleva dentro,

cenizo, resabiado, siempre quejándose:

"no vale la pena",

"lo he intentado muchas veces",

"me gustaría pero no puedo",

"el ambiente está crudo, si usted supiera",

"ya me conozco".

¡No es cierto!:

nunca te conoces lo bastante como para estar seguro

de lo que puedes o de lo que quieres.

Vale ya de renquear:

es preciso nacer de nuevo (Jn 3, 7).

Y todos estamos por nacer,

por hacer,

por madurar,

por convertir.

La conversión es aquel parto, doloroso y gozoso,

en que la madre y la hija son la misma:

¡Sácate de dentro a esa persona maravillosa que hay en ti!

 

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Felicidad basura

 

 

Entonces diré a mi alma: alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien (Lc 12, 19).— El alma convertida en alma-cén: esta es la tragedia del carpe díem, que conduce a confundir la vida buena con la buena vida.

 

El error no es pretender detener el tiempo, lo cual es imposible, sino más bien cosificarlo, creerlo almacenable. El que se angustia porque le falta comete el mismo error que quien se jacta porque le sobra. Porque el tiempo es vida, y la vida es pura gracia.

 

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El tiempo, más que aprovecharlo, busco trascenderlo. Si lo aprovecho no es para acumularlo como un tesoro sino para franquearlo como una puerta.

 

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Diversión basura.— ¿Qué distingue al que se divierte del que “se empeña en convencerse” de que se divierte? Por fuera se parecen, pero entre ellos hay un abismo. En el primero la diversión manifiesta la vida que rebosa, en el segundo disimula la vida que le falta. El rastro de uno es la amistad, el del otro, la basura. Cada cual saca fuera lo que tiene dentro.

 

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Si buscas la felicidad como un derecho nunca la encontrarás como un regalo.

 

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Dilema de la salvación: o eres humanísimo o eres humanorro.

 

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El lenguaje soez y grosero denota y aumenta la estrechez mental.

 

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La peor forma de vulgaridad es la oración basura: rutinaria, sin lirismo, sin nervio, sin drama, cansina, en una palabra: muerta. Sepulcros blanqueados —dice el Señor, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre (Mt 23, 27).

 

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El inconfundible hedor de la vulgaridad.— La ramplonería en todas sus formas, el lenguaje chabacano, la conversación trivial, el atuendo pretencioso y sucio, la película sensualona, la pose insolente, la bromita obscena, difamadora, resentida, machista, racista, vanidosa… ¡Todo despide el mismo tufo venenoso y asfixiante! La vulgaridad es la cámara de gas donde la intimidad, desnuda y raquítica, agoniza lentamente.

 

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Pereza y miedo

 

 

Y dijo el amo: siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado… (Parábola de los talentos, Mt 25, 26).— Lo llama perezoso, aunque el siervo no alegó pereza sino miedo: Señor, sé que eres hombre duro … por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra.

 

Al fin de cuentas ¿qué más da llamarlo de uno u otro modo? Pues la pereza no es más que la tierra que cubre el miedo. Detrás del perezoso suele haber un miedoso.

 

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Paradojas del hombre viejo: ¡para olvidarse de la muerte va y se entierra!

 

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La pereza es el traje de diario del miedo. En los momentos críticos y las ocasiones señaladas el miedo se viste de colores chillones —pues al miedo le gusta chillar—, y de aspavientos, nerviosismo, gritos y otras galas provocativas. Para los días corrientes, en cambio, el miedo prefiere el uniforme cómodo y sufrido de la pereza. Mullida y acolchada, protege contra la realidad, tan hiriente a veces, y evita mojarse con los sufrimientos ajenos, pues la pereza es impermeable y todo le resbala. El manto de la pereza todo lo envuelve, todo lo excusa, todo lo disimula, todo lo ignora. Pues a la pereza le da pereza preguntarse por sí misma, desperezarse. Ahoga los gritos en los bostezos, y reprime las lágrimas con los ronquidos. La pereza es una muerte lenta y suave, tan desganada y cansina, que es una muerte casi inmortal.

 

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La pereza consiste en tratarse a uno mismo como un mediocre.

 

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Pese a su apariencia condescendiente el perezoso es inflexible consigo mismo: se sentencia como perdedor, se condena a la vulgaridad, se encadena al aburrimiento, y se encarcela en la mentira.

 

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Tuve miedo y me escondí porque estaba desnudo (Génesis 3, 10). ¿Qué es la desnudez sino sentir tu mirada, Señor, calándome hasta los huesos? ¿Pues quién soy yo sin estas ropas de mi personaje social, con las que intento disimular el miedo congénito? Mi posición, mis seguridades humanas, mi prestigio: este es el tinglado que te gusta, derribarme, Señor, látigo en mano: ¡Quitad esto de aquí! (Jn 2,16).

Cuando oro a corazón abierto, oración quirúrgica y sincera, y veo a mi persona sin personaje, siento miedo. Pero aquí estoy, Señor, sosteniendo tu mirada: Mírame y apiádate, porque soy pobre y desgraciado (Sal 69, 6).

 

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Tumbado a la bartola

 

 

Tumbado a la bartola,

dormitando bajo la higuera,

estaba el apóstol Bartolomé

antes de convertirse,

en la postura que él mismo inventó,

medio acostado y medio sentado,

medio despierto y medio dormido,

medio pensando y medio soñando,

medio asintiendo y medio negando,

medio buscando y medio huyendo,

medio feliz y medio amargado,

medio enamorado y medio frustrado,

lo propio del hombre viejo son las medianías,

que adopta formas de lo más diversas:

apatía, aburrimiento, desencanto, desilusión, disipación, activismo, tristeza,

todo lo cual puede resumirse en una sola palabra:

pereza,

¿de qué?, no se sabe, pues la pereza es palabra perezosa

y le da pereza averiguar sus causas,

noséquémásdaquiénsabedéjamenpazayquécansaditostoy,

si oyes esto

es que tienes delante a un perezoso standard,

un mediocre resignado con su mediocridad,

que vive a la bartola,

que traga sumisamente el cóctel de su propia mentira,

aburrimiento, tristeza y miedo,

agítese bien y sírvase ni muy frío ni muy caliente,

míralo con esperanza, como pre-converso que es,

pero no entres a sus tristes razones:

“me gustaría pero no puedo,

levantarme a la hora, perseverar en el estudio, recoger la mesa, orar cada día, cortar la murmuración, aconsejar al confundido, dominar la concupiscencia, cambiar el mundo, 

uf,qué difícil,

el ambiente está crudo, si yo te contara,

todo me influye, me afecta, me repercute, me presiona, me agobia, me limita, ay”.

Porque detrás de un perezoso suele haber un miedoso,

su miedo no es de hacer esto o lo otro,

sino de ser quien es, de atreverse a serlo,

del vértigo de la vocación,

“¿y si fracaso?, se pregunta,

¿y si fallo en mi vocación, o me lío, o me ahogo, o me rompo, o me muero?,

¿y si defraudan mi entrega o hieren mi intimidad?”,

es el miedo congénito del pecado,

que hace al hombre tumbarse a la bartola,

buscar la felicidad en la facilidad,

preferir lo hacedero a lo verdadero,

bajo la higuera el mundo es pequeño y dulce como un higo,

es mejor comer higos que plantar bosques,

es más fácil engañarse que superarse”.

No entres, insisto, a estos capotes,

no digas “quédate y te explicaré”,

dile por el contrario lo del apóstol Felipe:

ven y verás (Jn 1, 46),

arrástralo con tu amistad hacia los sacramentos, que son Cristo dándose,

sólo Él cura del miedo congénito,

el canguelo de la vocación,

el vértigo de la eternidad:

contempladlo y quedaréis radiantes, y vuestro rostro no se avergonzará (Sal 33,6).

 

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El sopor

 

 

Tres tristes traspuestos,

haciendo el ridículo en Getsemaní,

de pura tristeza se dormían (Lc 22, 45).

Mientras tanto el diablo les canta una nana:

duérmete niño, que viene el Coco,

y se come a los niños que duermen poco.

¡Ay, incautos, que nos sabéis

que son precisamente los dormidos

los que devora el Coco!

 

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Adormilados por la tristeza (Lc 22, 45).— ¿Es la tristeza la que invita a cerrar los ojos o son los ojos los que no quieren ver la tristeza? ¿Es este sueño un no poder o un no querer? ¿Es una rebeldía o una claudicación? ¡Qué más da! El soñoliento lo ignora, pues precisamente en eso consiste su sueño: en evadir toda respuesta y envolverse en la tibia y blanda duda. Preguntarse por el sueño da sueño.

 

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Felicidad flotante.— El sueño es un hundirse suave, mullida, lentamente. Te ahogas sin darte cuenta, incluso a gusto. Abajo, la dulce ingravidez en todas sus formas: ignorancia, frivolidad, indiferencia. Arriba, los rayos hirientes de la Verdad, tan cegadores, y la molestia de bracear, la necesidad incluso de aprender a nadar, con lo engorroso que es. Acurrucarse, en cambio, entre las sábanas de las olas y dejarse caer inconscientemente, ¡qué delicia! ¿No será esto la felicidad? Y si no lo fuera ¿qué más da? —dice este desgraciado—; prefiero alegrías falsas que dolores verdaderos...

 

* * * * * * * *

 

Pellízcate,

no te duermas, venga,

esfuérzate por rezar en tu Getsemaní,

sus ojos estaban cargados por la tristeza,

zúrrate, espabílate, sacúdete,

la tristeza es la anestesia del diablo,

perseverad conmigo (Mt 26, 38),

nos dice despertándonos,

trabájate la oración, no me seas flojo,

mírame a Mí,

que estoy triste hasta la muerte (Lucas 22, 45),

y sin embargo me hinco de rodillas,

a Mí la tristeza me mantiene despierto

¡y tú ahí, acurrucado como un gato!

 

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Mirar atrás

 

 

Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios (Lc 10, 62).— Porque si no miras adelante, o sea a Cristo, la tierra que aras tan esforzadamente queda estéril. El trabajo contemplativo, en cambio, entreverado de oración y regado con fe, da jugosos frutos de santidad y apostolado. Lo que labras lo siembras con lo que miras.

 

* * * * * * * *

 

Mirar atrás.— Los recuerdos y la fantasía son ciertamente terreno cómodo de labrar, pero estéril y tramposo. Yo prefiero esta tierra áspera y tozuda, pero noble, que me disputa su fruto.

 

Atrás juego con mi fantasma; aquí delante soy yo el que me labro.

 

* * * * * * * *

 

En tu trabajo ordinario trabajas tu mirada, es decir, labras el corazón del que brota y el amor que la dirige; en otras palabras, cultivas tus afectos, tus intenciones, tus principios. Pero atención, porque esta labor tan esforzada podrías echarla a perder en un instante de ensueño vano y egoísta. Si quieres contemplar a Dios necesitas escardar cuidadosamente la mala hierba de ciertos pensamientos, que brotan aquí y allá mientras trabajas.

 

* * * * * * * *

 

Nuestra contemplación es mendiga y pobre. Pedimos la visión como limosna, y la esperamos como el yermo la lluvia.

 

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El enamorado sólo mira para dar lo que mira.

 

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Quien pone la mano sobre el arado y mira hacia atrás … (Lc 9, 62).— No me importa, Señor, lo que hago o dónde estoy, sino hacia dónde miro. Pues si mis ojos están fijos en ti, entonces, sea lo que sea lo que labran mis manos, eso es tu campo.

 

¡Qué desgracia, entonces, mirar para atrás! Pues significa que no sólo te niego el corazón, del cual es signo la mirada, sino que te robo el campo.

 

* * * * * * * *

 

¿Adónde miro cuando miro atrás? ¿Al pasado? No, porque mi auténtico pasado está presente aquí, conmigo. Miro fantasmagorías, invenciones de mi egoísmo. Es el atrás de la realidad, los bastidores de la existencia, donde no hay nada excepto, deseos frustrados, esperanzas vanas y sueños imposibles.

 

* * * * * * * *

 

 

II. LA CRISIS PROVIDENCIAL

 

Náufragos y fantasmas 

 

 

Pero al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse gritó: ¡Señor, sálvame! (Mt 14, 30).— Cuando la soberbia te invade no tiene sentido luchar agónicamente, pues llevas las de perder. Clama a Dios. Hay batallas que se suprimen o se pierden, pero nunca se ganan.

 

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Si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas (Mt 14, 28).— Te hablo a oscuras, sin verte, peor aún, viéndote en figura de lo que más temo y aborrezco. Tú, que eres la vida, te me antojas el emisario de la muerte.

 

Y sin embargo te hablo, Señor, sabiendo que no eres lo que pareces. Mis ojos me engañan pero mi corazón sabe.

 

* * * * * * * *

 

Si eres tú…— Dudo pero te hablo; dudo pero te pido; dudo pero te espero. Incorporo mi duda a mi fe. Esta barca que zozobra y vacila es mi si…; de ella parte mi fe.

 

Si eres tú, sácame de mi barca, es decir, de mi duda. Tiéndeme los brazos y dime Ven (Mt 14, 29).

 

* * * * * * * *

 

¡Señor, sálvanos que perecemos! (Mt 8, 25).— Esta es la auténtica oración del hombre. Más que esto o aquello, lo que un hombre pide a Dios es salvación.

 

¡Sálvanos! Pues nada en este mundo escapa a la zozobra del pecado, todo amenaza naufragar, hasta lo más noble y digno puede convertirse en trampa, el amor más puro y delicado puede volverse torbellino mortal. Todo pasa y pesa, todo vacila y vuela, todo —¡sin Cristo!—turba y ahoga.

 

* * * * * * * *

 

¿Cómo conocerme a mí mismo entre el oleaje de mis pasiones y temores? ¿Bastará acaso una introspección psicológica? ¿Cómo atraparé al fantasma escurridizo de mi yo? Cuando lo pienso se me escapa, cuando lo pillo se me agranda, cuando lo esquivo me vuelve, cuando lo nombro desaparece. Sin la gracia de Dios, nada más frustrante y agotador que el examen de conciencia.

 

* * * * * * * *

 

Se puso en medio y les dijo “paz a vosotros”. Se quedaron turbados y asustados, pensando ver un fantasma (Mañana de la Resurrección, Lc 24, 36-37).— El fantasma que veían era el que llevaban dentro, y proyectaban en Jesús. Es la mirada de los discípulos, tristes y acobardados, la que se ha vuelto fantasmagórica. Una mirada predispuesta a ver muertos, pues ella misma está muerta.

 

Creían ver un fantasma. Creían ver, pero se engañaban; veían con el filtro fantasmagórico del hombre viejo, que se limita a ver sólo lo que se atreve a ver. Pues la mirada miedosa tiene miedo de mirar otra cosa que su propio miedo. Al vivo lo ve en forma de muerto, y tanto más muerto cuanto más vivo.

 

Creían ver un fantasma. ¿No será que creían verse a sí mismos, muertos de miedo, en Jesús, radiante de vida?

 

* * * * * * * *

 

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? (Lc 24, 5).— Quien busca un muerto nunca encontrará un vivo. Cargadas de ungüentos y bálsamos, las mujeres no daban con el cadáver adecuado. Se parecen a esos expertos en “realismo humano”, que buscan por todas partes a quién embalsamar con su pragmatismo y su pesimismo.

 

Quien busca un muerto nunca encontrará un vivo… a menos que el Vivo les salga al encuentro: De pronto Jesús les salió al encuentro y les dijo: Alegraos (Mt 28,9).

 

* * * * * * * *

 

 

¿Para quién vives?

 

 

¡Señor, ábrenos!

pero él respondió: no os conozco (Mt 25).

Parece un castigo excesivo para unas chicuelas que ni son depravadas ni perversas

sino sólo un poco atolondradas,

inconscientes, ligeras, ya se sabe, cosas de la edad…

Así representa el Señor la estupidez que nos amenaza a todos,

sea cual sea la edad, sexo o condición.

Aunque también está escrito:

las meretrices precederán a los fariseos en el Reino de los cielos (Mt 21, 32).

Siendo así, ¿por qué se muestra el Juez tan inflexible con estas nenas olvidadizas, diciendo: no os conozco?

Quizá porque los pecados se cometen, se reconocen, se confiesan, se absuelven y se asimilan;

en cambio ¡ay de la fofa y suave y blanda indiferencia del al-fin-y-al-cabo-todo-da-más-o-menos-igual,

esa mullida vaguedad en que flotan tantas y tantos!

 

 * * * * * * * *

 

¡Qué vida tan triste la del iceberg!

Resignado a flotar, es arrastrado por todas las corrientes.

Parece duro, pero va deshaciéndose poco a poco.

No es fácil acercarse a él, tan frío y cortante.

Cuando choca jamás se amolda ni se adapta, simplemente se rompe.

Aparenta mucho en la superficie, pero ignora su profundidad, que es tanta.

¡Qué triste, Señor, tanto iceberg a la deriva en el océano del mundo...!

 

* * * * * * * *

 

El Reino de los Cielos es semejante a una red barredera que, echada en el mar, allega todo género de peces (Mt 13, 47).— Esta fuerza que nos une a todos, buenos y malos, sabios y necios, ricos y pobres, este impulso que otros llaman “destino”, es en realidad el Reino de los Cielos. Sentimos que, por mucho que nos rebelemos, la vida misma nos envuelve y arrastra como una corriente submarina, conduciéndonos hacia un lugar que ignoramos. ¿A dónde lleva, Señor, todo esto?

 

Hay dos formas de asumir esta red barredera: como trampa fatal o como providencia misericordiosa, según que la soportemos con fría resignación o la vivamos con fe. Pero sea como sea, nadie escapa al juicio de Dios. Todos nos veremos, tarde o temprano, en la última orilla.

 

* * * * * * * *

 

Deja de acariciar a ese androide de plástico que te empeñas en ser,

que te has fabricado a la medida de tu cobardía:

ese no eres tú.

Busca tu verdadera identidad,

pide a Cristo el don de conocerte:

a quien venciere le daré una piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe. (Apocalipsis 2, 17).

¡A quien venciere!

Porque sólo te conoces cuando luchas, y no al revés.

Eres mejor, mucho mejor de lo que sospechas:

sácate de dentro tu mejor tú.

 

* * * * * * * *

 

La santidad es un traje a medida. No puede quedarse en el armario, pues el tuyo no le viene bien a ningún otro: está hecho para ti. Sólo tú puedes ser el santo que tienes que ser.

 

* * * * * * * *

 

Tu vida es el libro que vio san Juan en el Apocalipsis,

sus tapas están cerradas por siete broches o correas,

y no puedes abrirlo ni leerlo,

yo lloraba mucho porque no se encontró a nadie digno de abrirlo (Ap 5, 4).

¿Cómo no llorar si no puedes leer el libro de tu propia vida?,

¿si no entiendes porqué te pasa lo que te pasa,

qué significa, a qué viene, qué lectura tiene?

Haces bien en llorar si te has quedado al margen de tu propia novela,

sin protagonizarla,

arrastrado por las circunstancias;

si le has perdido el hilo a tu historia y ya no sabes de qué va.

Si te encuentras en esta tesitura, al menos ten el coraje de afrontar tu drama.

Haz como Juan: coge el libro de los siete sellos

y llórale a tu Dios…

 

* * * * * * * *

 

El egoísmo está en ti como el gusano en su manzana:

crece comiendo,

come avanzando,

avanza creciendo.

 

* * * * * * * *

 

Soy yo el monte donde me pierdo, el mar donde me ahogo, la noche donde me asusto, la cárcel donde me encierro, el infierno donde me quemo. ¡Pobre de mí! Para engañarme no necesito a nadie, ni siquiera al diablo. Para dejar de ser yo me basto yo.

 

* * * * * * * *

 

Más que libre de algo importa ser libre para alguien. Y sólo está libre para alguien quien está libre de sí mismo.

 

Pregúntate a quién amas, para quién vives, de quién eres, y querrás sacudirte la gruesa y confortable cadena de tu egoísmo.

 

* * * * * * * *

 

 

Desgañítate, levántate, crújete

 

 

Sólo se levanta quien se levanta para alguien.

Como las vírgenes: ¡que viene el esposo!;

como los muertos de Cafarnaún, y Naím: a ti te digo, levántate;

como Lázaro podrido en su agujero: ¡sal fuera!;

como el lisiado de Jerusalén: levántate, toma tu camilla y anda;

como el mismo san José: levántate, toma al niño y a su madre y huye…

¡Cuántos sonámbulos, Señor, vagan por la tierra!

Avanzan dormidos sin darse cuenta.

Si se tropiezan unos con otros es porque en realidad aún no se han levantado.

 

* * * * * * * *

 

Sólo amas si mejoras.

Quien ama está siempre corrigiéndose,

renovándose,

reformándose,

arrepintiéndose,

en estado de constante superación.

Quien ama no para quieto,

quien ama se curra,

quien ama se zurra.

 

* * * * * * * *

 

No quiero ser como soy,

me humilla ser como soy,

me arrepiento de ser como soy,

me propongo no ser como soy,

lucho por no ser como soy,

rezo para no ser como soy,

pero en cualquier caso, Señor,

ayúdame a aceptar

ser como soy.

 

* * * * * * * *

 

¡Qué angosta la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida! (Mt 7,14).

Pero vivimos de esperanza y no de experiencia.

El guía, el camino, las provisiones y la meta son la misma cosa:

Él.

¡Que nadie se eche atrás!,

¡sursum corda!,

¡tanto alcanzas cuanto esperas!

¡espera mucho, desea mucho!

¡desear es aumentar la capacidad de recibir!

Como los hijos del trueno, que dijeron a Jesús:

¡podemos! (Mc 10, 39).

Y tú ¿hasta dónde quieres llegar?,

¿te atreves al Cielo?,

¿por quién vives?,

¿te labras el amor?,

¿o te conformas con tu conformismo?,

¿esa vidilla ramplona y aburguesada?

Atención, no pierdas tu tren:

la aventura del hombre sobre la tierra se llama santidad.

 

* * * * * * * * * * *

 

¡Sursum corda! ¡levanta el corazón!, ¡arriba!,

reiníciate, enciéndete,

sal de tu agujero, déjate sacar,

¿no ves a Cristo que te tiende la mano?, ¿que te dice “sal fuera”?,

retuércete si es necesario,

como el niño lunático,

también san Pablo mordió el polvo antes de ver,

ánimo, muévete,

¿no ves a Bartimeo saltando a ciegas?

No salto porque vea, dice Bartimeo,

salto porque quiero ver,

¡salta!,

saltar ya es comenzar a ver,

fíate, mueve los brazos,

agítate como los diez leprosos,

que blandían sus muñones harapientos,

¡desgañítate!,

en el fondo del pozo de nada sirve suspirar,

desgárrate,

a ver si de una vez te penetra la gracia,

métete en ese Costado abierto,

¿acaso no ha venido a vendar los corazones desgarrados?,

ábrete paso, si estás sucia, desahuciada y arruinada como la Hemorroísa,

¿no la ves avanzar entre codazos y pisotones?,

chilla como la Cananea,

insiste, fastidia, incordia, molesta, machaca, marea,

hasta que los Apóstoles supliquen “Maestro haz algo por favor”,

venga, despierta, espabila,

no repitas por favor el numerito de Getsemaní,

levántate como Mateo del telonio,

deja ya de manosear tu calderilla…

reiníciate, enciéndete,

¡sursum corda!,

¡arriba los corazones!

 

* * * * * * * *

 

 

Se arrepintió y fue

 

 

Un padre tenía dos hijos (Mt 21, 28).

A estos dos los reconozco en mí.

Siento, en efecto, dos voces que dicen una sí y otra no,

como los hermanos de la parábola:

ve a trabajar a mi viña, y uno responde no quiero, y otro .

Pero este era un síperoyaveremos,

síperodepende,

síperosiesotellamo,

síperosegúnquécosas.

En una palabra: dijo sí, pero no fue.

Qué poco crédito, Señor, tienen mis síes,

vacilantes, indecisos, engañosos.

El otro en cambio dijo no quiero, pero se arrepintió y fue.

Quien va arrepentido va mejor, llega antes, cava más hondo.

A esta viña divina ir, lo que se dice ir,

sólo se va arrepentido.

 

* * * * * * * *

 

Se arrepintió y fue.

Dijo sí moviendo los pies y no la lengua,

un sí que se mira y no se oye,

como la viña, Señor, que me mandas cuidar,

que crece y fructifica en silencio.

 

* * * * * * * *

 

Se arrepintió y fue.

En realidad son dos actos en uno sólo.

En esta viña arrepentirse de no ir ya es ir,

dolerse de no estar es haber llegado.

Porque en la viña de este Padre te labras tu filiación;

siembras, cultivas y riegas tu condición de hijo;

aquí te ahíjas trabajando tu sí,

diciéndolo con tu trabajo ordinario,

cara a Dios mi trabajo afirma y celebra y consolida mi condición de hijo,

y esta filiación da frutos,

o al menos, Señor,

con tu ayuda, quiero darlos.

 

* * * * * * * *

 

La penitencia todo lo asume y procesa:

el cansancio, la enfermedad, el estrés, el sueño.

 

Todo puede enderezarse a Dios para demostrarle arrepentimiento:

chascos,

disgustos,

impaciencias,

decepciones,

ingratitudes,

desilusiones,

incertidumbres.

 

Aplicando la debida intención todo se aprovecha:

lo que molesta,

lo que aburre,

lo que indigna,

lo que harta,

lo que crispa,

lo que enrabia.
 

Todo rinde amor, convenientemente reciclado:

la pesadumbre ante los fracasos,

la vergüenza de volver a las andadas,

la vista de la propia cochambre,

de tanto bicho que bulle en el corazón.

 

¡Todo vale, insisto!

 

El corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia (Salmo 50, 19).

 

Al Señor no le importa cómo fue triturada tu pobre basura:

lo que quiere es que se la entregues.

 

* * * * * * * *

 

Plántale cara al pecado,

invéntate la sonrisa,

reviste la pena de tu pecado con el traje de tu cariño,

perfuma el dolor por lo malo con el olor de lo bueno.

cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara (Mt 6, 16),

La penitencia no sólo tiene mil caras,

sino que todas sonríen.

 

* * * * * * * *

 

 

El perrillo y las migajas

 

 

— No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

Pero ella dijo:

— Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos.

Y Jesús respondió:

— ¡Oh mujer, grande es tu fe!” (La Cananea, Mt 15, 26-28).

 

En el submundo del pecado el hombre perruno se revuelve hambriento. Arriba, la mesa de la gracia está repleta de manjares: los sacramentos, la sana doctrina, el consejo espiritual. ¡Cómo los anhela el que yace en el polvo, cómo los pide, con qué oración desgarrada y agónica, que parece un ladrido!

 

Pues para descubrirse hijo antes hay que sentirse perro. Perro quiere decir sujeto que es todo hambre, todo deseo, todo ignorancia, todo indignidad: un ser que anhela, pide, llama, y espera. ¿Acaso no está escrito: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7)?

 

* * * * * * * *

 

 

Está desierto y es tarde

 

 

Estamos en despoblado y es muy tarde (Multiplicación de panes y peces, Mc 6, 35 ).— ¿Quién ha llegado tarde, ellos o nosotros? Da igual, el caso es que no están, o lo que es peor, se han endurecido. El momento de dar, decir y escuchar se me ha pasado. Atardece en las almas, Señor, y ya ni siquiera las distingo. El corazón que podían haberte entregado, se lo han dado a otros; las energías, ilusión y entusiasmo que tenían preparado, como no te encontraban, lo gastaron en otras cosas, o incluso lo desperdiciaron. Tus viajeros, Señor, se han quedado en la estación del mundo tristes y amodorrados, ¿qué hago yo despertándolos, si han perdido su tren?

 

Pero Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse, dadles vosotros de comer (Mt 14, 16).— ¡Vosotros! ¡Mis milagros andantes! Vosotros, mis apóstoles, sois el tren de las almas. En vosotros siempre llego yo, Señor de los horarios y los calendarios, con divina puntualidad, en el momento exacto y al lugar oportuno. ¡Mi eternidad comienza dondequiera que estés, aquí y ahora!

 

* * * * * * * *

 

 

El cojo feo de la Puerta Hermosa

 

 

Había un hombre cojo de nacimiento, al que solían traer y colocar todos los días a la puerta del Templo llamada Hermosa, para pedir limosna (Hechos 3, 2).— Virgen Santísima, Puerta de Cristo, introdúceme en tu Hijo. Mírame aquí, postrado a las afueras de Dios. No dejes que me conforme con las piltrafas que me echan y la calderilla que recolecto a duras penas, cuando dentro me esperan las riquezas del Rey. Madre de Dios, Puerta Hermosa de las almas, mira a este mendiguillo echado a tu vera, lisiado y contrahecho. La limosna que te pido es entrar por ti…

 

* * * * * * * *

 

 

Me lanzo

 

 

Olvidándome de lo que queda atrás me lanzo a lo que tengo por delante (Flp 3, 13).

Lo uno es requisito de lo otro.

Con ello no renuncio a mi historia sino todo lo contrario:

me dispongo a proseguirla.

No me olvido de la historia en cuanto vivida

sino en cuanto pasada.

Pero eso sí,

me olvido enérgicamente:

por mucho que pesen

hay que levar todas las anclas si quieres zarpar.

 

* * * * * * * *

 

O cambias el mundo o el mundo te cambiará a ti.

Faltan cristianos de una pieza, intrépidos,

no cristianillos acomplejados y pusilánimes:

esto está que arde.

sois la luz del mundo (Mt 5, 14)

y hay que llegar a todos:

a los tristes,

a los aletargados,

a los que van a la deriva como un iceberg,

a los desfondados,

a los empantanados en la impureza,

a los que confunden felicidad con facilidad,

a los que arrastran la cadena de sus días,

amargados, aburridos,

disimulando el vacío con amores fáciles,

episódicos, epidérmicos

y sobradamente etílicos,

a las que malbaratan su intimidad en el rincón de un tugurio,

sin más expectativa que la resaca matutina,

el vómito dominical,

y todo con la complicidad de nuestro conformismo,

de nuestra decorosa inhibición,

de la cobardía políticamente correcta.

fuego he venido a traer a la tierra (Lc 12, 49).

Vale ya de complejos:

¿eres suficientemente valiente?,

¿leal con tus amigos?,

¿das esos consejos que escuecen pero curan?,

¿les hablas de Jesucristo?,

¿en la facultad, en el instituto, en el colegio, en el bar, en la disco, en la cancha?,

¿das la cara por el Papa?

el amor de Cristo nos apremia (2 Corintios 5, 14).

 

* * * * * * * *

 

Limpiando los mocos de un niño o las babas de un retrasado no se nos caen los anillos.

O por ayudar a un minusválido,

o atender a un enfermo,

o asistir a un moribundo.

En las chabolas no huele a perfume pero está Cristo.

Búscalo entre los necesitados,

rózate con el dolor ajeno,

complícate la vida:

visitando a los abandonados,

colaborando en alguna obra social,

dando catequesis,

restaurando la vieja iglesia de un pueblo…:

sentirás que recibes mucho más de lo que das.

Y todo lo que no se da se pierde.

 

* * * * * * * *

 

 

III. EL HOMBRE NUEVO

 

Cristo, el hombre nuevo

 

 

A chorros le salía la gracia,

de su Cuerpo

emanaba una fuerza milagrosa,

lo tocabas y si estabas comido de lepra,

si eras torpe, ciega y sordomuda,

o jorobada por los pecados,

te curabas por simple contacto,

sus gestos desprendían misericordia y perdón.

más tarde fundó la Iglesia, para que fuera su Cuerpo a través de los siglos,

quiere que accedamos a Él por esa puerta santa:

No vale autoabsolverse, autosalvarse, autoconfesarse,

enjuagarse los pecados en la propia palangana, como Pilato:

es más cómodo engañarse que superarse.

Tú, en cambio, ten el coraje de ponerte de rodillas como el leproso:

Señor, si quieres puedes limpiarme (Lucas 5, 12),

y recibir la gracia, la misericordia que sabe a beso,

el abrazo tierno de Dios-Padre.

 

* * * * * * * *

 

La oración es oír, abrir y recibir a Jesús:

mira que estoy a la puerta y llamo;

si alguno oye mi voz y me abre, entraré a él, y cenaré con él

y él conmigo (Apocalipsis 3,20).

 

¡Descorre tus cerrojos,

ábrele de par en par!

Alza una oración potente y arrebatada:

no le des las sobras del día,

esos cuchicheos distraídos mientras concilias el sueño.

Para encontrarse con Cristo hay que chillar como la Cananea,

como Bartimeo que saltó hacia Él tirando su capa.

Cristo fascina, Cristo cautiva, encanta, electriza, enamora.

 

¿Le dedicas al día un rato sólo para Él?,

¿siquiera un cigarro para hablar de tú a tú?,

¿dejas que te organice la vida?,

¿repostas combustible en el Sagrario?,

¿y por la calle, te olvidas de orar?

 

Al cristiano de tercer milenio le gusta el asfalto,

lleva el rosario en el bolsillo,

pisa fuerte aquí abajo,

vive de lo que reza y reza de lo que vive,

se come el mundo,

y pasa tooooooooodo el día on line con Dios:

¡dondequiera que estés hay cobertura!.

 

* * * * * * * *

 

 

El corazón nuevo

 

 

El corazón de piedra (Ezequiel 11, 19) sigue el siguiente proceso:

 

1) Sé lo que debo hacer.

2) Me cuesta hacer lo que debo hacer.

3) Me agobio y no lo hago.

4) No hacerlo me desalienta.

5) Visto el resultado, opto por no pensar.

6) No pensar es eludir la verdad, por tanto me instalo en la mentira, que es menos incómoda.

7) Me acabo creyendo mi mentira.

8) La mentira se hace a mí, cristaliza, y me petrifico.

9) Desisto de mi vocación, me resigno a mi mediocridad, me entierro vivo.

10) Anestesio mi frustración con buena dosis de sensacioncillas epidérmicas, activismo frenético, emociones fáciles, amistades etílicas, pantallismo compulsivo, y demás formas de alegría estupefaciente...

 

El corazón de carne, en cambio, es el que se ha atrevido a Cristo, ha recibido su descarga, se ha conectado al enchufe instalado por Él mismo, o sea la Iglesia. Jesús desbarata desde el principio el círculo vicioso, porque da no sólo luz para ver, sino fuerza para poder. Como está escrito: arrancaré de vuestro pecho el corazón de piedra y os pondré un corazón de carne (Ezequiel 36, 26-27).

 

* * * * * * * *

 

Subió a un monte, y abriendo su boca enseñaba diciendo… (Mt 5,1).— Mateo sitúa las Bienaventuranzas en este monte, para destacar el paralelismo con el otro monte famoso, el Sinaí, donde nos dio Dios las tablas de la Ley. Aquello era una ley de piedra para corazones de piedra, mientras que las Bienaventuranzas, autorretrato de Jesús, son Ley de carne para corazones de carne.

 

* * * * * * * *

 

En las Bienaventuranzas Jesús se propone a sí mismo, su propia persona, como Ley. Cierto que las normas morales son muleta útil y necesaria para los que renqueamos, pero la ética cristiana es mucho más. No es una colección de reglas sino una inyección de vida; no consiste en “hacer algo” sino en “hacerse a Alguien”.

 

* * * * * * * *

 

Moisés subía a la cumbre para parlamentar con Yavé y bajaba al campamento para transmitir sus oráculos. ¡Trabajoso oficio el de mediador!: no daba abasto con tanto subir y bajar en sandalias, por esas cuestas escarpadas, hincándose los chinos en sus proféticos y zurrados pies.

 

¡Con Jesús es más fácil! Él no sólo es el nuevo Moisés, el nuevo Intermediario tierra/cielo, sino también el nuevo Sinaí. Cristo, en efecto, es el Lugar por donde nosotros subimos a Dios y por donde Dios desciende a nosotros. Este incesante subir y bajar que se da en la Persona misma de Jesús es lo que se llama PASCUA, que significa en hebreo Paso, Tránsito, Circulación, Movimiento.

 

* * * * * * * *

 

Corazón de piedra y corazón de carne (cfr Ezequiel 11, 19).— Este corazón de piedra, tan falso e inhumano, es el mío, y curiosamente el corazón tierno y queredor, aquel con que amo realmente, me lo das tú, Señor: es un regalo.

 

Qué extraño: lo más mío, o sea mi amor, procede de más allá de mí, o sea Tú. Eres más íntimo que mi propia intimidad. Pues yo, si sólo soy yo, entonces apenas soy yo.

 

* * * * * * * *

 

Arrancaré de vuestro pecho el corazón de piedra (Ezequiel 36, 26).— Sólo una mano divina puede meterse tan adentro y agarrarme esta pieza dura y enquistada. Arrancaré: porque si es de piedra hay que sacarlo así, haciendo fuerza. La ternura de Dios se experimenta, paradójicamente, en el desgarramiento, la aflicción, el desamparo.

 

Si al proponerte cambiar de vida te sientes de esta manera, es que has ingresado en el quirófano de Dios. Prepárate para el trasplante decisivo: Arrancaré… y pondré un corazón nuevo, de carne…

 

* * * * * * * *

 

La tradición puritana y racionalista menosprecia el corazón por reducirlo a mera sensiblería poco de fiar. La noción genuinamente cristiana, en cambio, considera el corazón como símbolo de la totalidad de la persona y órgano de su donación; es aquello con que amamos y aquello que entregamos al amar.

 

* * * * * * * *

 

Sólo da quien da todo; sólo da quien pierde lo que da; sólo da quien da para siempre. La virtud de la pureza entrena precisamente para esto: darse uno con todo el corazón, toto corde. Es la pedagogía del amor: dominarse para tomarse, tomarse para darse.

 

* * * * * * * *

 

La desgracia de la lujuria es que agusana el amor “por dentro”, dejando intacta, al menos al principio, su apariencia.

 

* * * * * * * *

 

El gusano no ve la manzana que se come. La pureza, en cambio, es la distancia que se toman los amantes para verse mejor.

 

* * * * * * * *

 

 

El ciego de Jerusalén

 

 

"Qué guapo soy,

tengo cara de milagro",

pensaba el ciego de Jerusalén.

Le había dicho el Maestro:

anda y lávate en la piscina de Siloé,

que significa enviado (Jn 9, 6).

Y allá que se fue,

enviado por el Enviado a la piscina del Enviado,

a esa piscina que es Cristo mismo:

"lávate en mí y te verás en mí".

Untados de barro los ojos

avanzaba el ciego doblemente ciego.

"¡Vaya gafas que te has echado, amigo!",

bromeaban los vecinos.

Y al lavarse lo primero que vio

fue su propia cara reflejada en el agua,

pues quien quiere mirarse tiene que lavarse.

Y se encontró francamente agraciado:

"qué guapo soy, Señor,

me parezco a mí mismo una barbaridad".

 

* * * * * * * *

 

El ciego mientras se lavaba el barro de los ojos, se veía a sí mismo.

Es un “verse” completamente distinto al de Narciso,

que se enamoró de su reflejo en el agua.

El ciego se maravilló viéndose en Cristo,

en cambio Narciso se ofuscó en su propia imagen y se ahogó en ella.

 

* * * * * * * *

 

Unos decían: “Sí, es él”.

Otros en cambio: “De ningún modo, sino que se le parece”.

Él en cambio insistía: “¡Soy yo!” (Jn 9, 9).

¡Por supuesto que soy yo!

—exclamaba el ex ciego—,

soy más yo que nunca,

más incluso que cuando era ciego,

pues ahora Cristo, Espejo de las almas,

me ha mostrado mi identidad,

un yo que se ve es más yo que un yo que se ignora,

¡ahora sí que soy yo, y no esa sombra arrumbada en la cuneta!,

justamente ahora, que Cristo me ha tocado con su mano

que es la Iglesia,

ahora que salgo del confesionario,

ahora sí que soy yo y no cuando era mendigo,

¿pues qué era lo que mendigaba a fin de cuentas

sino mi propia mi identidad?,

¿qué es la limosna de Cristo sino mi propia cara?,

¿y qué es Cristo mismo sino la Cara de Dios, que arranca la careta de los hombres?,

¡aquí estoy yo, señores, sin careta!,

¡sí, soy yo en persona, no se lo pierdan!

 

* * * * * * * *

 

 

La boda sin fin

 

 

Cristo, Esposo de la Iglesia, nos envuelve a los cristianos en su boda sin fin.

La invitación se extiende a todos los hombres:

mi banquete está preparado, venid a las bodas (Mt 22,4).

Y tan íntimamente nos invita

que nos identificamos, misteriosamente, con la Esposa.

La Iglesia, en efecto es “el misterio de la íntima unión de cada hombre con Dios

y de todos los hombres entre sí”.

 ¿Y dónde se celebra?, ¿cómo ir?, ¿qué hacer?

Jesucristo se nos une estrechamente en cada Misa,

en cada sacramento,

cuando seguimos la enseñanza del Santo Padre,

cuando acogemos al prójimo en nombre suyo:

tu familia, tus amigos, tantos que esperan tu ayuda,

que languidecen en las cuatro esquinas del mundo:

ahí está la Iglesia.

 

* * * * * * * *

 

La boda entre Dios y la Humanidad tiene lugar en la Encarnación,

donde lo divino y lo humano forman una sola persona: Jesucristo.

Justamente esto es lo que celebramos en la Liturgia:

dos mil años de amor,

Jesús dándose sin cesar,

prodigando su misericordia,

su paz, su verdad candente y luminosa,

vendando corazones desgarrados,

haciéndose pan del peregrino,

esperándote en el Sagrario,

taladrando la Historia hasta llegar a ti;

Dios se ha hecho de tu misma pasta,

principio y fin de tu biografía,

Amor de los amores,

el único que puede saciar nuestro corazón,

nuestro corazón ávido de ternura,

indómito y traicionero.

 

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La moral evangélica más que un mandato es una invitación: venid a las bodas (Mt 22, 4).
 

Y el pecado, más que transgredir una ley es perderse una fiesta: está listo mi banquete, he preparado terneros y reses cebadas, todo está a punto (Ibidem).

 

La desgracia del pecador, por tanto, más que hacer lo malo es preferir lo mediocre: y marcharon quien a su campo, quien a su negocio (Mt 22, 5).

 

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Este sitio se actualizó por última vez el 19 de marzo de 2011