El hombre viejo

Viejos, dormidos, muertos y fantasmas en el Evangelio

22 de febrero de 2008

 

 

 

Esta Sección gira en torno a la célebre exhortación de san Pablo: deshaceos del hombre viejo, revestíos del nuevo (cfr Efesios 4, 22-24). El hombre viejo es aquella versión de nosotros mismos que rehúye a Cristo, se asusta de la vocación y se resigna a la mediocridad. Es el homúnculo autosuficiente que todos llevamos dentro, pesimista y derrotista. Para el hombre viejo las dificultades son siempre demasiado graves, las tentaciones demasiado fuertes, las personas demasiado egoístas, el trabajo demasiado estéril, la carne demasiado apetecible y la vida demasiado corta. Su problema, sin embargo, no consiste en ser malo o incrédulo, sino algo mucho peor: pusilánime. Menos mal que está escrito: Decid a los cobardes de corazón: no temáis. Mirad que viene vuestro Dios; él vendrá y os salvará (cfr Is 35, 4)

 

 

I. LA MUERTE LENTA

 

La lógica vieja

Sujetadlo y conducidlo con cautela

El vocabulario del hombre viejo

El enterrador

Sarcófagos sonrientes y momias liadas

Felicidad basura

Pereza y miedo

Tumbado a la bartola

El sopor

Mirar atrás

 

II. LA CRISIS PROVIDENCIAL

 

Náufragos y fantasmas 

¿Para quién vives?

Desgañítate, levántate, crújete

Se arrepintió y fue

El perrillo y las migajas

Está desierto y es tarde

El cojo feo de la Puerta Hermosa

Me lanzo

 

III. EL HOMBRE NUEVO

 

Cristo, el hombre nuevo

El corazón nuevo

El ciego de Jerusalén

La boda sin fin

 

 

 

I. LA MUERTE LENTA

 

La lógica vieja

 

Nunca me escandalizaré (Mt 26, 33).— ¿Mentía Pedro? No, era totalmente sincero, sólo que a un nivel meramente humano. Sin embargo el Pedro de la fe, aquel que confesó tú eres Cristo, ahora callaba.

 

El hombre viejo es muy sincero cuando dice “no puedo” y también cuando afirma categóricamente “¡podré! (yo sólo)”. Pero es una sinceridad enferma de raíz pues no se funda en la Verdad, o sea en Cristo, que ha dicho: sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

 

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—Tú eres de ellos.

Pedro replicó:

—hombre, no lo soy (Lc 22, 58).

En cuanto que era de ellos, es decir, del grupo de Jesús, Pedro mentía. Pero por el hecho de mentir se separaba del que es la Verdad, y por tanto era verdad que no era de la Verdad. ¡Qué embrollo! Entonces, si no es de Cristo, ¿de quién es este Pedro? ¿Qué puede decir de sí mismo?

 

Es la tragedia de la mentira, sobre todo cuando versa sobre el ser amado. Quien reniega de su amor pierde su identidad. Si no estás seguro de lo que amas tampoco estás seguro de quién eres.

 

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Los hombres viejo y nuevo (cfr Col 3, 9-10) son ambos sinceros, pero cada uno a su modo, por eso dicen lo contrario. El nuevo es sincero desde dentro y hacia dentro, el viejo desde fuera y hacia fuera…

 

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¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca (Lc 22, 71).— El hombre viejo tiene sus propias evidencias, tan irrefutables y contundentes como las de la gracia, solo que en un plano inferior. En la lógica mezquina y miope del hombre viejo, todo encaja de modo perfecto: “lo he visto con mis propios ojos”; “lo sé por experiencia”; “lo he vivido en mis carnes”; “sé lo que me digo”, etc.

 

Por aplastante que sea, sin embargo, esta lógica no deja de ser fruto de la cobardía. Se mueve en un mundo deformado, estrecho, y a la postre, falso. Para salir del agujero no basta con abrir los ojos: hay que moverse hacia la luz.

 

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El que presume de realista no suele ser más que un pragmático. Al pragmático le importa más lo útil que lo real; prefiere lo hacedero a lo verdadero. Porque, en efecto, aceptar lo real es a veces poco práctico, pues acarrea engorrosos problemas.

 

Que se lo digan a Pilato, que se encogió de hombros diciendo ¿y qué es la verdad? (Jn 18, 38). Y de este modo tan “realista” se libró de esa fuente de problemas llamada Jesús.

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Los apóstoles estaban tristes y llorosos en la mañana de la Resurrección. Hasta que llegó Cristo y les reprendió por su dureza de corazón por no creer a los que le habían visto (Mc 16, 14).

La tristeza es incrédula. Para el triste la alegría es hueso duro de roer. Igual que la luz en los ojos del recién nacido, así la alegría causa dolor en el triste.

 

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No os engañéis unos a otros, ya que os habéis despojado del hombre viejo con sus obras  (Col 3, 9).— El traje del hombre viejo es una camisa de fuerza. ¿Por qué? Primero porque anula la libertad, quedando el hombre a merced de cualquiera, incluso del diablo. Y segundo porque esta camisa le fuerza a abrazarse a sí mismo cada vez más, desesperadamente, hasta hacer imposible todo otro abrazo verdadero.

 

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El hombre viejo acata su debilidad como un dogma y se la impone a Dios para que le diga “amén”.

 

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Sujetadlo y conducidlo con cautela

 

 

Sujetadlo y conducidlo con cautela (Mc 14, 44),

dice Judas,

“es un sujeto imprevisible, lo sé por experiencia, llevo años con él y no me aclaro”.

Los hombres de Judas se mueren de miedo:

“ojo con las manos, que hacen milagros cuando menos lo esperas,

atádselas fuerte, cuidado”.

Por eso los hombres de Judas llevan palos y espadas,

y se ocultan en las sombras de la noche,

vaya a ser que su mirada les fulmine,

o que saque de pronto sus armas secretas,

con Jesús nunca se sabe.

No te acerques demasiado,

puede fastidiar tu fin de semana,

tu hora cómoda de levantarte,

tu sofá mullido ante la televisión,

átalo fuerte, ten cuidado,

puede involucrarte en asuntos espinosos,

o sacar a relucir tus trapicheos,

con Jesús nunca se sabe;

protégete,

escóndete en la penumbra,

no se te ocurra rezar,

no des la cara,

únete a la cuadrilla de Judas,

venga, coge tu palo…

 

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Los que estaban a su alrededor, viendo lo que iba a suceder, le dijeron: ¿les damos con la espada? (En Getsemaní, Lc 22, 49).— Estamos muy prontos para defender a Cristo de los hombres: de ese modo disimulamos nuestro miedo atribuyéndoselo a Él.

 

El miedo no sólo desenvaina rápido y golpea fuerte, sino que además se cree valiente.

 

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Hay dos miedos: el de los blandos y el de los duros. El miedo de los blandos se manifiesta en los nervios, la vacilación, el encogimiento. El duro, en cambio, demuestra su miedo volviéndose insensible y cruel, adoptando una pose autosuficiente, de fría indiferencia. ¿Es por ello más fuerte que el blando? Todo lo contrario. El duro es más frágil que el blando, y por tanto más débil. Su presunción le impide pedir ayuda y la necesidad de aparentar le sume en la mentira. El duro está por eso más expuesto a la angustia y la frustración que el blando, y es más desgraciado.

 

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El hombre-topo.— En el subsuelo del miedo todo es plácido y tranquilo. Como en un refugio antiaéreo, el miedoso está a cubierto de bombas y disparos.

 

Pero en este sótano falta el aire, la luz y el horizonte, y lo que es peor: puedes aficionarte insensiblemente al cautiverio, y acabar cambiando el cielo por la estrechura de la tierra. ¿De qué te serviría entonces protegerte contra la muerte, si te entierras en vida?

 

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Decid a los cobardes de corazón: no temáis (Is 35, 4).— ¿Por qué “de corazón”? Porque esta cobardía la provoca un miedo profundo, latente, subterráneo, que se manifiesta paradójicamente en forma de dureza, arrogancia y agresividad. ¿Y de qué tiene miedo quien necesita demostrar de esta forma que no lo tiene? Del amor. Pues el amor es el riesgo fundamental de todo hombre, y fracasar en él es malograr la vida. Por eso el temor no es más que amor que vacila y se ahoga, amor que huye de sí mismo.

 

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Cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y cierra la puerta (Mt 6, 6).— Algunos (¡quizá yo!) se pasan  la vida a las afueras de su propia casa, sin conseguir entrar. Merodean por los alrededores y se asoman desde fuera por las ventanas, contemplando con añoranza el interior. Allí todo es acogedor, ordenado, cálido, mientras ellos, ay, se quedan fuera tiritando de frío. No dan con la puerta, y si por casualidad la encuentran no pueden entrar, pues han perdido la llave…

 

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El vocabulario del hombre viejo

 

 

Te conozco y sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste… (Parábola de los talentos, Mt 25, 24).— Sólo le faltaba añadir: ¡Por favor, no seas tan divino y sé un poco más humano! Encogido, resignado, rendido, pretende dar lecciones de humanidad al Hombre perfecto, y de suavidad al Amor de los amores.

 

¿Qué es esta humanidad que echas en falta en Dios, e incluso le exiges? ¿La del homúnculo desmedrado o la de Cristo, hombre clave y clave del hombre?

 

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Lo sé por experiencia.— ¿Qué experiencia? ¿La de rendirte al miedo o la de sobreponerte y luchar? ¿La experiencia de confiar en Dios o la experiencia de aferrarte a tus míseras fuerzas?

 

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El día que digas “es que yo soy así” te saldrá el carcamal que llevas dentro.

 

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¡Créete!

No como un dogma de fe sino como una promesa.

Eres el milagro andante con que Dios te prueba su amor.

Mírate y cree que madurarás,

multiplicarás tus talentos,

descubrirás tus tesoros.

Tú eres infinitamente más que tú.

Créete y crécete.

 

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— Eso que dices es muy bonito, pero luego llega la realidad de la vida…

 

— ¡La realidad de la vida es Cristo!  Y en efecto llega, sólo que a veces llega cargado con la Cruz. ¿No será por eso que no lo reconoces?

 

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La teoría está muy bien, pero sé realista, abre los ojos, la vida es dura.— Me asombra esta fe inquebrantable de algunos en lo que san Pablo llama “hombre viejo”: el hombrecillo disminuido, desmedrado, mortecino, que desiste de sí, y alega su debilidad como excusa de sus fracasos. Creer en el hombre viejo requiere más fe aún que creer en el nuevo, que es Cristo. En contra de lo que parece, el problema del escéptico es un exceso de credulidad.

 

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— Sí, orar está muy bien, pero además necesito afectos, consuelo, apoyo, tranquilidad, salud, comprensión, motivación, caricias, porque… ¡también somos humanos!

 

— ¿Cómo que también? ¿No es acaso la fe lo que confiere consistencia humana a todo eso? ¿No es la fe lo que te permite apreciarlo en su justa medida, sin adorarlo como ídolo ni temerlo como tentación? ¿Y no es también la fe la que te hace encontrar toda esa suavidad humana donde parece humanamente que no la hay? En cambio sin fe ¿en qué se convierten estos consuelos sino en un pobre espejismo, e incluso en un veneno, una trampa y una cadena ?

 

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— ¡Pero también somos humanos!

 

— ¿También? ¿Es que la fe —tu fe— no es la garantía, la prueba y el crecimiento de tu humanidad? ¿Acaso no eres tanto más tú cuanto más crees?

 

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El enterrador

 

 

Tuve miedo y por eso enterré tu talento…siervo holgazán. (Mt 25, 24-25).— La parábola pone de manifiesto ese vínculo sutil que une la pereza con el miedo. Detrás de un perezoso suele haber un miedoso. El perezoso recula ante su propia grandeza, y entonces alega la multiexcusa polivalente: “no puedo”.

 

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Entierro preventivo.— Por si acaso estuviera muerto, lo entierro. ¿Y si estuviera vivo? Da igual, porque tarde o temprano se iba a morir…

 

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Para los dos primeros siervos, el talento es principio y promesa de nuevos talentos. Para el siervo negligente, en cambio, es fuente de disgusto y preocupación. Todo depende de cómo se mire. El mismo talento unos lo ven como trampolín y otros como cadena; a unos infunde esperanza, a otros inspira temor; para los generosos es un regalo, para los cobardes una maldición. La misma situación que a unos agobia —exámenes, problemas, enfermedad, pobreza— a otros enriquece. Al que tiene —dice el Evangelio—  se le dará y abundará, pero al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará (Mt 13, 12).

 

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Tuve miedo, por eso fui y escondí tu talento en tierra (Mt 25, 25).— ¿Miedo de qué? ¿Del amo, del talento, o de sí mismo? De las tres cosas, pero sobre todo de la última. pues el talento —mis cualidades, mis aficiones, mis aptitudes— me recuerdan la obligación de ser yo mismo, o sea, mi vocación. ¡Y cómo cuesta a veces tomarla en serio!

 

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Eres duro porque cosechas donde no sembraste (Mt 25, 24).— Quise sembrar, respondió Dios, pero la semilla, que eras tú, no se dejaba…

 

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Te conozco y sé que eres duro… (Mt 25, 24).— Te conozco a ti —viene a decir el siervo de la parábola— según la idea que me he hecho de mí. Te mido con el metro de mi debilidad. Como soy mediocre y mezquino, deduzco que tú eres severo e inflexible.

 

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¡Ya me conozco! —exclama, mejor dicho, gime y suspira, el hombre viejo—. No puedo, es muy difícil, si yo le contara, no vale la pena, lo he intentado muchas veces, lo sé por experiencia. ¡Yo soy así!

 

Siempre con la misma cantinela. Recházalo con todas tus fuerzas y mira a Cristo. Entonces dirás como Juan y Santiago: ¡podemos! (Mt 20, 22).

 

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Sarcófagos sonrientes y momias liadas

 

 

De Egipto llamé a mi hijo (Mt 2 15), dice la Escritura,

del país de las pirámides y las tumbas y los sarcófagos,

del país donde embalsaman a los muertos,

y quién sabe si también a los vivos,

del país de las momias,

de allí rescata el Dios vivo a sus hijos,

del territorio de los zombis, los fantasmas y los espectros,

los hijos del Dios vivo no se dejan liar,

se resisten a las vendas enrolladas de la mentira,

a la tranquila y dorada y plácida comodidad del sarcófago

Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida (Sal 114, 9),

caminaré aunque me hinque las piedras y me pinchen los cardos,

prefiero un corazón desgarrado a un corazón disecado,

antes arrepentido que amojamado,

me moveré en el territorio de la Gracia, que mana leche y miel

me moveré en la Iglesia, que es la Tierra prometida,

 

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Sobre el sarcófago la cara del faraón reluce

risueña y mofletuda.

Ábrelo y encontrarás a la momia tiesa y pellejosa.

Si quieres ayudarle ten paciencia

pues las momias se lían mucho.

 

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¡Líbrate de la momia!,

esa bruja que hay en ti,

san Pablo lo llamaba el hombre viejo (Efesios 4, 21),

el carcamal que cada cual lleva dentro,

cenizo, resabiado, siempre quejándose:

"no vale la pena",

"lo he intentado muchas veces",

"me gustaría pero no puedo",

"el ambiente está crudo, si usted supiera",

"ya me conozco".

¡No es cierto!:

nunca te conoces lo bastante como para estar seguro

de lo que puedes o de lo que quieres.

Vale ya de renquear:

es preciso nacer de nuevo (Jn 3, 7).

Y todos estamos por nacer,

por hacer,

por madurar,

por convertir.

La conversión es aquel parto, doloroso y gozoso,

en que la madre y la hija son la misma:

¡Sácate de dentro a esa persona maravillosa que hay en ti!

 

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Felicidad basura

 

 

Entonces diré a mi alma: alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien (Lc 12, 19).— El alma convertida en alma-cén: esta es la tragedia del carpe díem, que conduce a confundir la vida buena con la buena vida.

 

El error no es pretender detener el tiempo, lo cual es imposible, sino más bien cosificarlo, creerlo almacenable. El que se angustia porque le falta comete el mismo error que quien se jacta porque le sobra. Porque el tiempo es vida, y la vida es pura gracia.

 

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El tiempo, más que aprovecharlo, busco trascenderlo. Si lo aprovecho no es para acumularlo como un tesoro sino para franquearlo como una puerta.

 

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Diversión basura.— ¿Qué distingue al que se divierte del que “se empeña en convencerse” de que se divierte? Por fuera se parecen, pero entre ellos hay un abismo. En el primero la diversión manifiesta la vida que rebosa, en el segundo disimula la vida que le falta. El rastro de uno es la amistad, el del otro, la basura. Cada cual saca fuera lo que tiene dentro.

 

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Si buscas la felicidad como un derecho nunca la encontrarás como un regalo.

 

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Dilema de la salvación: o eres humanísimo o eres humanorro.

 

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El lenguaje soez y grosero denota y agudiza la estrechez mental.

 

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La peor forma de vulgaridad es la oración basura: rutinaria, sin lirismo, sin nervio, sin drama, cansina, en una palabra: muerta. Sepulcros blanqueados —dice el Señor, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre (Mt 23, 27).

 

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El inconfundible hedor de la vulgaridad.— La ramplonería en todas sus formas, el lenguaje chabacano, la conversación trivial, el atuendo pretencioso y sucio, la película sensualona, la pose insolente, la bromita obscena, difamadora, resentida, machista, racista, vanidosa… ¡Todo despide el mismo tufo venenoso y asfixiante! La vulgaridad es la cámara de gas donde la intimidad, desnuda y raquítica, agoniza lentamente.

 

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Pereza y miedo

 

 

Y dijo el amo: siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado… (Parábola de los talentos, Mt 25, 26).— Lo llama perezoso, aunque el siervo no alegó pereza sino miedo: Señor, sé que eres hombre duro … por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra.

 

Al fin de cuentas ¿qué más da llamarlo de uno u otro modo? Pues la pereza no es más que la tierra que cubre el miedo. Detrás del perezoso suele haber un miedoso.

 

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Paradojas del hombre viejo: ¡para olvidarse de la muerte va y se entierra!

 

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La pereza es el traje de diario del miedo. En los momentos críticos y las ocasiones señaladas el miedo se viste de colores chillones —pues al miedo le gusta chillar—, y de aspavientos, nerviosismo, gritos y otras galas provocativas. Para los días corrientes, en cambio, el miedo prefiere el uniforme cómodo y sufrido de la pereza. Mullida y acolchada, protege contra la realidad, tan hiriente a veces, y evita mojarse con los sufrimientos ajenos, pues la pereza es impermeable y todo le resbala. El manto de la pereza todo lo envuelve, todo lo excusa, todo lo disimula, todo lo ignora. Pues a la pereza le da pereza preguntarse por sí misma, desperezarse. Ahoga los gritos en los bostezos, y reprime las lágrimas con los ronquidos. La pereza es una muerte lenta y suave, tan desganada y cansina, que es una muerte casi inmortal.

 

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La pereza consiste en tratarse a uno mismo como un mediocre.

 

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Pese a su apariencia condescendiente el perezoso es inflexible consigo mismo: se sentencia como perdedor, se condena a la vulgaridad, se encadena al aburrimiento, y se encarcela en la mentira.

 

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Tuve miedo y me escondí porque estaba desnudo (Génesis 3, 10). ¿Qué es la desnudez sino sentir tu mirada, Señor, calándome hasta los huesos? ¿Pues quién soy yo sin estas ropas de mi personaje social, con las que intento disimular el miedo congénito? Mi posición, mis seguridades humanas, mi prestigio: este es el tinglado que te gusta, derribarme, Señor, látigo en mano: ¡Quitad esto de aquí! (Jn 2,16).

Cuando oro a corazón abierto, oración quirúrgica y sincera, y veo a mi persona sin personaje, siento miedo. Pero aquí estoy, Señor, sosteniendo tu mirada: Mírame y apiádate, porque soy pobre y desgraciado (Sal 69, 6).

 

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Tumbado a la bartola

 

 

Tumbado a la bartola,

dormitando bajo la higuera,

estaba el apóstol Bartolomé

antes de convertirse,

en la postura que él mismo inventó,

medio acostado y medio sentado,

medio despierto y medio dormido,

medio pensando y medio soñando,

medio asintiendo y medio negando,

medio buscando y medio huyendo,

medio feliz y medio amargado,

medio enamorado y medio frustrado,

lo propio del hombre viejo son las medianías,

que adopta formas de lo más diversas:

apatía, aburrimiento, desencanto, desilusión, disipación, activismo, tristeza,

todo lo cual puede resumirse en una sola palabra:

pereza,

¿de qué?, no se sabe, pues la pereza es palabra perezosa

y le da pereza averiguar sus causas,

noséquémásdaquiénsabedéjamenpazayquécansaditostoy,

si oyes esto

es que tienes delante a un perezoso standard,

un mediocre resignado con su mediocridad,

que vive a la bartola,

que traga sumisamente el cóctel de su propia mentira,

aburrimiento, tristeza y miedo,

agítese bien y sírvase ni muy frío ni muy caliente,

míralo con esperanza, como pre-converso que es,

pero no entres a sus tristes razones:

“me gustaría pero no puedo,

levantarme a la hora, perseverar en el estudio, recoger la mesa, orar cada día, cortar la murmuración, aconsejar al confundido, dominar la concupiscencia, cambiar el mundo, 

uf,qué difícil,

el ambiente está crudo, si yo te contara,

todo me influye, me afecta, me repercute, me presiona, me agobia, me limita, ay”.

Porque detrás de un perezoso suele haber un miedoso,

su miedo no es de hacer esto o lo otro,

sino de ser quien es, de atreverse a serlo,

del vértigo de la vocación,

“¿y si fracaso?, se pregunta,

¿y si fallo en mi vocación, o me lío, o me ahogo, o me rompo, o me muero?,

¿y si defraudan mi entrega o hieren mi intimidad?”,

es el miedo congénito del pecado,

que hace al hombre tumbarse a la bartola,

buscar la felicidad en la facilidad,

preferir lo hacedero a lo verdadero,

bajo la higuera el mundo es pequeño y dulce como un higo,

es mejor comer higos que plantar bosques,

es más fácil engañarse que superarse”.

No entres, insisto, a estos capotes,

no digas “quédate y te explicaré”,

dile por el contrario lo del apóstol Felipe:

ven y verás (Jn 1, 46),

arrástralo con tu amistad hacia los sacramentos, que son Cristo dándose,

sólo Él cura del miedo congénito,

el canguelo de la vocación,

el vértigo de la eternidad:

contempladlo y quedaréis radiantes, y vuestro rostro no se avergonzará (Sal 33,6).

 

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El sopor

 

 

Tres tristes traspuestos,

haciendo el ridículo en Getsemaní,

de pura tristeza se dormían (Lc 22, 45).

Mientras tanto el diablo les canta una nana:

duérmete niño, que viene el Coco,

y se come a los niños que duermen poco.

¡Ay, incautos, que nos sabéis

que son precisamente los dormidos

los que devora el Coco!

 

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Adormilados por la tristeza (Lc 22, 45).— ¿Es la tristeza la que invita a cerrar los ojos o son los ojos los que no quieren ver la tristeza? ¿Es este sueño un no poder o un no querer? ¿Es una rebeldía o una claudicación? ¡Qué más da! El soñoliento lo ignora, pues precisamente en eso consiste su sueño: en evadir toda respuesta y envolverse en la tibia y blanda duda. Preguntarse por el sueño da sueño.

 

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Felicidad flotante.— El sueño es un hundirse suave, mullida, lentamente. Te ahogas sin darte cuenta, incluso a gusto. Abajo, la dulce ingravidez en todas sus formas: ignorancia, frivolidad, indiferencia. Arriba, los rayos hirientes de la Verdad, tan cegadores, y la molestia de bracear, la necesidad incluso de aprender a nadar, con lo engorroso que es. Acurrucarse, en cambio, entre las sábanas de las olas y dejarse caer inconscientemente, ¡qué delicia! ¿No será esto la felicidad? Y si no lo fuera ¿qué más da? —dice este desgraciado—; prefiero alegrías falsas que dolores verdaderos...

 

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Pellízcate,

no te duermas, venga,

esfuérzate por rezar en tu Getsemaní,

sus ojos estaban cargados por la tristeza