Estudios

21 noviembre 2007

 

 

¿Qué es la conciencia moral?

 

 

  Como excursionista con su mapa, voy confrontando a cada paso el plano de mi vocación con el terreno que piso. Al hacerlo no sólo me adapto a la realidad de las cosas, sino que modelo mi persona, me hago a mí mismo, me soy fiel. Cuando esta actitud se convierte en hábito, surge la prudencia o sabiduría en sentido clásico. Pablo Prieto.

 

 

 

Si hacemos esta pregunta a cualquiera que pasa por la calle posiblemente nos dará una respuesta del siguiente tenor: “conciencia es la facultad de decidir según las propias convicciones, según las reglas y principios que uno tenga por válidos.” ¿Es también esta nuestra definición? Porque a simple vista parece adaptarse a todo tipo de creencias y planteamientos vitales. Entendida como facultad de decidir, la conciencia aparece como una herramienta mental perfectamente neutra, sin ningún contenido ideológico previo. Reconocer y reivindicar, por tanto, tal facultad de decidir sería el principal requisito para una convivencia social plural y democrática.

 

Pero las cosas no están tan claras. Para empezar ‘conciencia’ viene de cum scientia, alude a un saber, ¿y qué es lo que sabe la conciencia? ¿A qué verdad se abre? O dicho de otro modo, ¿cuál es la verdad que mide la conciencia y la compromete? Estas preguntas nos llevan a cuestionar la presunta neutralidad ideológica de la conciencia como facultad de decidir, que es como se entiende normalmente en la actualidad. Detrás de este planteamiento, en efecto, late la idea nominalista de libertad, típica de la edad moderna, que equivale en la práctica a individualismo pragmático. Una libertad que se ejerce no sólo al margen de la verdad, sino produciéndola, como si fuera su raíz.

 

 

 

 

Hay otro modo, sin embargo, de plantear la relación entre libertad y verdad, que es justo el inverso. En la raíz —en el terreno íntimo y oculto de la conciencia— situamos la verdad, es decir, el hábito de abrirse a ella mediante el conocimiento, de modo que hacia el exterior se despliega el ramaje de la libertad, el conjunto de las decisiones concretas.

 

 

 

Este esquema es más acorde con el planteamiento clásico, previo al nominalismo de Ockham (1295-1350), y es el presupuesto antropológico de la ética cristiana.

 

Debemos distinguir, pues, dos conceptos de conciencia moral, no necesariamente contrapuestos, pero sí supeditado el primero al segundo: la conciencia como facultad para decidir y la conciencia como juicio del entendimiento o hábito de juzgar en el terreno práctico, es decir, prudencia.

 

La conciencia-decisión, concepción que como hemos dicho predomina hoy, se caracteriza por insistir en la libertad individual. Un caso extremo es, por ejemplo, el movimiento pro choice en el debate del aborto. O películas como Mar adentro, de Amenábar. Más que el aborto o la eutanasia lo que defienden estos planteamientos es la “posibilidad de elegir”. Es decir, una libertad entendida como individualismo, y desligada de la verdad. “La libertad nos hace verdaderos”, dice un conocido político parafraseando el Evangelio.

 

La conciencia-juicio, en cambio, implica una alianza con la verdad. Se trata de un juicio que procede del entendimiento práctico, y no es por tanto un dato aprendido en libros, clases o reflexiones teóricas, por mucho que estas cosas lo faciliten. El entendimiento en tanto que práctico sólo concierne a la verdad concreta aquí, ahora y para mí.

 

La conciencia como juicio práctico podemos describirla gráficamente del siguiente modo, que  sirve también para ilustrar la virtud de la prudencia. Es como una cabeza con dos caras, cada una de las cuales mira a un objeto distinto:

 

 

 

 

El juicio de la conciencia tiene lugar cuando la persona se abre simultáneamente a la verdad tanto de la circunstancia que reclama una respuesta como a sí mismo. Se trata de una respuesta única y encarnada a los dos requerimientos: me aclaro —un poco más— sobre quién soy al tiempo que elijo acertadamente sobre lo que hago, y viceversa: actúo porque me conozco y me conozco porque actúo. Como excursionista con su mapa, voy confrontando a cada paso el plano de mi vocación con el terreno que piso. Al hacerlo no sólo me adapto a la realidad de las cosas, sino que me modelo como persona, me hago a mí mismo, me soy fiel. Por eso decimos que los actos humanos son autorreferenciales: “siempre que decides lo que quieres hacer decides quién quieres ser”; “decidir es decidirse”; “somos hijos de nuestras propias obras”, etc.   

 

Por depender del conocimiento, que es siempre progresivo e imperfecto, la conciencia-juicio mejora con su ejercicio, es susceptible de formación y entrenamiento, se convierte en hábito. Este hábito moral de traducir la verdad interior a la situación práctica es lo que los clásicos llaman prudencia o sabiduría.

 

Como salta a la vista, esta radical coherencia entraña un riesgo que es inherente a la existencia humana. Este riesgo de perversión moral es doble: cerrarse a las exigencias del propio ser, o bien volver la cara a la realidad, cambiándola por otra más placentera: es más fácil engañarse que superarse. Y cuando estas mentiras se consolidan en la conducta, la conciencia se deforma y acaba viendo espejismos: Cuando uno no quiere lo que oye acaba oyendo lo que quiere.

 

pabloprieto100@hotmail.com

 

  

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