Fe, Razón e Historia

04 junio 2006

 

 

 

La Inmaculada de san Carlos  

 

 

Por Antonio R. Rubio Plo      

 

La iglesia del seminario de San Carlos en Zaragoza fue edificada a finales del siglo XVI y se dedicó a la Inmaculada. El sencillo y poco vistoso ladrillo mudéjar de su construcción sirve, sin embargo, para realzar el arco de medio punto de la portada, sobre el que se asienta una hornacina con una imagen de la Inmaculada. Esa imagen pasa desapercibida a la mayoría de las personas pero me atrevo a pensar que sí reparó en ella, en los primeros años de la década de 1920, un joven seminarista llamado Josemaría Escrivá aunque cabe suponer que los seminaristas accedían a la iglesia desde el interior del edificio. En su tercera y cuarta plantas estaba situado entonces el seminario de San Francisco de Paula y allí transcurrirían los cinco años de estudios sacerdotales del santo aragonés. Josemaría tuvo que advertir la presencia de aquella Inmaculada pues fue un hombre al que no se le escapaban los mil y un detalles de la vida ordinaria. Para él los más insospechados detalles, no sólo una imagen religiosa sino también una noticia de prensa o el visionado de una película podían ser motivo para dirigir su pensamiento, y en definitiva su amor, hacia Dios y su Madre: "Ten presencia de Dios y tendrás vida sobrenatural" (Camino, 279). La presencia de Dios así entendida viene a ser una especie de santificación de las distracciones y es un medio para entretejer poco a poco una oración que se hace vida y una vida que se hace oración. Las cosas pueden servir para pensar en Dios y esto siempre será preferible a dejar de pensar en Dios para pensar en las cosas.

 

Fijarse en detalles materiales para pensar en Dios no es una novedad: ha sido una constante del arte cristiano a lo largo de los siglos. Los retablos de iglesias y catedrales han sido, y siguen siendo, auténticos evangelios en piedra o alabastro que sirven de recordatorio a la historia de la salvación. A este respecto, la eclosión barroca del interior de la iglesia de San Carlos tenía que llamar la atención del joven Josemaría, especialmente el altar mayor, obra dieciochesca del jesuita Pablo Diego de Lacarre. Una suntuosa decoración de mármoles, estucos y maderas  acompaña a un relieve de la Inmaculada enmarcado por monumentales columnas y rematado por una original representación de la Trinidad en la que las tres figuras tienen los rasgos de Cristo. No es casualidad que, junto con la de San Carlos, la de la Inmaculada fuera una fiesta considerada de primera clase en aquel seminario zaragozano. Era costumbre que se celebrara una novena en los días anteriores a la fiesta, con el fin de acrecentar la piedad mariana de los futuros sacerdotes. Ese amor mariano lo vivía desde muy niño el joven Josemaría,  por su confianza plena en que las gracias divinas siempre nos vienen por intercesión de la Madre. En la mayoría de las ocasiones los seminaristas asistían a la misa diaria en la iglesia de San Carlos, y allí sería ordenado Josemaría el 28 de marzo de 1925, bajo aquel altar presidido por la Inmaculada. Allí podemos ver juntos el Sagrario y la Virgen, las dos grandes referencias en la vida del fundador del Opus Dei. Aquel seminarista que  contemplaba casi a diario la imagen de la Inmaculada de San Carlos, debió de desgranar al cabo de los años  una infinidad de actos de amor en forma de simples miradas o de jaculatorias. Acaso pudieran resumirse en aquel encendido punto de Camino, 496: "Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!".  

 

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