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La amistad con Cristo, según Ratzinger
Quien
haya tenido ocasión de leer la autobiografía de Joseph Ratzinger, se
sentirá sorprendido en no pocas de sus páginas, aquéllas en las que el
futuro Benedicto XVI evoca la Baviera en la que pasó tantos años,
llegando a ser arzobispo de Munich. Esas páginas muestran a alguien que
sabe amar y hacer amar la vida; un Ratzinger muy diferente de esa imagen
tópica del asceta e intelectual frío y distante, cualidades que el
tópico agranda si se trata de un alemán. En nuestras sociedades, en las
que se quiere excluir no sólo la fe sino incluso la razón, el lugar del
intelectual es incómodo, sobre todo entre tantos estímulos al libre
arbitrio de las emociones, en un curioso retorno al individualismo
romántico del siglo XIX. Si se trata de un intelectual católico, la
incomodidad se hace mayor, pues puede encontrarse con la incomprensión
de quienes, bienintencionadamente, consideran que la ciencia puede
llevar al orgullo y a la vanidad, que el saber está reñido con el amor.
Estos críticos olvidan, sin embargo, que detrás de cada creyente,
intelectual o no, hay una experiencia personal de encuentro con Jesús,
el Maestro que otorga los talentos en función de las propias
capacidades.
Decía el futuro Papa en la misa que inauguró el cónclave que el
cristiano tiene otra medida, muy superior a todas las ideologías y
corrientes de pensamiento: “El Hijo de Dios, el verdadero hombre”. Así
pues, la fe no es una adhesión ciega sino que está profundamente
enraizada en la amistad con Cristo. Recordaba además el cardenal que en
Cristo se unen la verdad y la caridad. Podríamos añadir que separar
ambas es tan disparatado como retraer la razón de la fe. El resultado es
un hombre – y un cristiano- incompleto, alguien que ha cometido el
frecuente error de confundir una parte con el todo. Añadía el hoy Papa
en esa histórica homilía: “La caridad sin verdad estaría ciega; la
verdad sin caridad sería como un címbalo que resuena (I Cor 13,1). Es un
fiel retrato de nuestra época, entre los sentimientos irreflexivos y las
palabras huecas. En ninguna de esas dos dimensiones habita el auténtico
amor. El nuevo Pastor de la Iglesia no nos invita a buscar ese amor en
la feria de los “ismos” sino en Cristo, el auténtico hombre donde
coinciden la verdad y la caridad.
Quienes se fijan sólo en el párrafo de la homilía en que Ratzinger
rechaza el relativismo como única y exclusiva forma de acomodación al
mundo de hoy, acaso no han reparado en sus conmovedoras referencias a la
amistad. El Papa, hombre de auténtica cultura como su predecesor, emplea
una expresión latina que define la amistad: “Idem velle –idem nolle”. En
realidad, esas palabras las pone el historiador Salustio en boca de
Lucio Sergio Catilina, el conspirador que quiso acabar con la República
romana en el siglo I a de C. El arrogante Catilina reúne a sus amigos y
cómplices en un lugar reservado de su casa para exponerle sus planes,
mas en su estudiada retórica, también hay palabras veraces sobre la
amistad: “Querer lo mismo y no querer lo mismo, esto es al cabo firme
amistad”. A este querer y no querer, a esta confluencia de dos corazones
se refería Ratzinger en su homilía, y lo aplicaba al deseo de todo
auténtico cristiano de configurarse en torno a Cristo, en cumplir su
voluntad, camino seguro, pues seguimos a un Dios Amor.
La amistad supone cercanía con Cristo, proximidad que se manifiesta en
su plenitud en aquella última cena pascual, en la que el Maestro, en su
entrañable despedida les dice: “No os llamo siervos porque el siervo no
sabe lo que hace su señor; a vosotros os he llamado amigos” (Jn 15, 15).
Ratzinger recordaba estas palabras de la despedida del Señor, que son un
llamamiento a profundizar en la amistad con Cristo. Pero la amistad
requiere trato, y trato personal e íntimo con la persona amada. Hay que
llenarse para llenar a otros de El. Es incomprensible que alguien viva
su fe –y en definitiva, su amor- en la soledad. Ese amor tiene que
desbordar para llegar a los demás, comenzando por los más próximos. El
cristiano tiene que proponer –y no imponer- con alegría ese amor, que
sigue esperando desde hace tantos siglos. No es una tarea para sus
exclusivas fuerzas, no es obra de su mayor o menor entusiasmo. Su fuerza
proviene precisamente de su amor, procede de ese Señor que le eleva a la
condición de amigo. Tiene que rezar para que le ayude a dar fruto (Jn
15, 16), un fruto que permanezca. Sólo así ,añadía el hoy Papa, “la
tierra pasará de ser valle de lágrimas a jardín de Dios”.
Antonio R. Rubio Plo.
Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales
Publicado en analisisdigital.com el jueves 21 de abril de 2005
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