Fe, Razón e Historia

04 junio 2006

 

 

 

La amistad con Cristo, según Ratzinger

 

Quien haya tenido ocasión de leer la autobiografía de Joseph Ratzinger, se sentirá sorprendido en no pocas de sus páginas, aquéllas en las que el futuro Benedicto XVI evoca la Baviera en la que pasó tantos años, llegando a ser arzobispo de Munich. Esas páginas muestran a alguien que sabe amar y hacer amar la vida; un Ratzinger muy diferente de esa imagen tópica del asceta e intelectual frío y distante, cualidades que el tópico agranda si se trata de un alemán. En nuestras sociedades, en las que se quiere excluir no sólo la fe sino incluso la razón, el lugar del intelectual es incómodo, sobre todo entre tantos estímulos al libre arbitrio de las emociones, en un curioso retorno al individualismo romántico del siglo XIX. Si se trata de un intelectual católico, la incomodidad se hace mayor, pues puede encontrarse con la incomprensión de quienes, bienintencionadamente, consideran que la ciencia puede llevar al orgullo y a la vanidad, que el saber está reñido con el amor. Estos críticos olvidan, sin embargo, que detrás de cada creyente, intelectual o no, hay una experiencia personal de encuentro con Jesús, el Maestro que otorga los talentos en función de las propias capacidades.

Decía el futuro Papa en la misa que inauguró el cónclave que el cristiano tiene otra medida, muy superior a todas las ideologías y corrientes de pensamiento: “El Hijo de Dios, el verdadero hombre”. Así pues, la fe no es una adhesión ciega sino que está profundamente enraizada en la amistad con Cristo. Recordaba además el cardenal que en Cristo se unen la verdad y la caridad. Podríamos añadir que separar ambas es tan disparatado como retraer la razón de la fe. El resultado es un hombre – y un cristiano- incompleto, alguien que ha cometido el frecuente error de confundir una parte con el todo. Añadía el hoy Papa en esa histórica homilía: “La caridad sin verdad estaría ciega; la verdad sin caridad sería como un címbalo que resuena (I Cor 13,1). Es un fiel retrato de nuestra época, entre los sentimientos irreflexivos y las palabras huecas. En ninguna de esas dos dimensiones habita el auténtico amor. El nuevo Pastor de la Iglesia no nos invita a buscar ese amor en la feria de los “ismos” sino en Cristo, el auténtico hombre donde coinciden la verdad y la caridad.

Quienes se fijan sólo en el párrafo de la homilía en que Ratzinger rechaza el relativismo como única y exclusiva forma de acomodación al mundo de hoy, acaso no han reparado en sus conmovedoras referencias a la amistad. El Papa, hombre de auténtica cultura como su predecesor, emplea una expresión latina que define la amistad: “Idem velle –idem nolle”. En realidad, esas palabras las pone el historiador Salustio en boca de Lucio Sergio Catilina, el conspirador que quiso acabar con la República romana en el siglo I a de C. El arrogante Catilina reúne a sus amigos y cómplices en un lugar reservado de su casa para exponerle sus planes, mas en su estudiada retórica, también hay palabras veraces sobre la amistad: “Querer lo mismo y no querer lo mismo, esto es al cabo firme amistad”. A este querer y no querer, a esta confluencia de dos corazones se refería Ratzinger en su homilía, y lo aplicaba al deseo de todo auténtico cristiano de configurarse en torno a Cristo, en cumplir su voluntad, camino seguro, pues seguimos a un Dios Amor.

La amistad supone cercanía con Cristo, proximidad que se manifiesta en su plenitud en aquella última cena pascual, en la que el Maestro, en su entrañable despedida les dice: “No os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os he llamado amigos” (Jn 15, 15). Ratzinger recordaba estas palabras de la despedida del Señor, que son un llamamiento a profundizar en la amistad con Cristo. Pero la amistad requiere trato, y trato personal e íntimo con la persona amada. Hay que llenarse para llenar a otros de El. Es incomprensible que alguien viva su fe –y en definitiva, su amor- en la soledad. Ese amor tiene que desbordar para llegar a los demás, comenzando por los más próximos. El cristiano tiene que proponer –y no imponer- con alegría ese amor, que sigue esperando desde hace tantos siglos. No es una tarea para sus exclusivas fuerzas, no es obra de su mayor o menor entusiasmo. Su fuerza proviene precisamente de su amor, procede de ese Señor que le eleva a la condición de amigo. Tiene que rezar para que le ayude a dar fruto (Jn 15, 16), un fruto que permanezca. Sólo así ,añadía el hoy Papa, “la tierra pasará de ser valle de lágrimas a jardín de Dios”.

Antonio R. Rubio Plo. Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales

Publicado en analisisdigital.com el jueves 21 de abril de 2005

 

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