|
|
Nueve Papas
en un siglo: Cristo en veintiún siglos
Nueve papas se han sucedido en algo más de un siglo en la sede de Pedro.
Tras un milenio largo de soberanía temporal sobre los Estados
Pontificios, el Papado había quedado reducido en 1870 a la soberanía
espiritual. Pero en aquella sustitución del palacio del Quirinal –sede
actual de la presidencia de la república italiana- por el Vaticano, la
Iglesia salió ganando infinitamente más de lo que había perdido a los
ojos humanos. Privados de su soporte territorial italiano, los Papas
agrandaron más su dimensión de pastores universales, precisamente cuando
el mundo se hacía más pequeño gracias al progreso de las comunicaciones.
El desarrollo de la técnica no redujo a la Iglesia, como habían pensado
los positivistas del XIX, al desván de las antigüedades venerables,
arrumbada entre documentos avejentados y polvorientas obras artísticas
que para muchos carecían de significado. Antes bien, los nueve Papas
dejaron oír su voz, como ninguno de sus antecesores lo había hecho: su
palabra se escuchó en la prensa, la radio o la televisión; sus canales
diplomáticos llegaron oportuna o inoportunamente a los gobiernos; sus
viajes sobrepasaron los límites de Roma, primero, y de Italia,
después... Diocleciano, y sus continuadores posteriores, se habrían
asombrado de esto, pues aquel emperador, tras la más terrible de las
persecuciones romanas, hizo grabar una lápida conmemorativa, Nomine
Christiano Deleto, como testimonio de que el nombre cristiano
había sido por fin destruido.
Dos de los Papas del siglo XX alcanzaron en poco tiempo la gloria de
los altares, lo que no sucedía desde hacía siglos.
Curiosamente los dos fueron patriarcas de Venecia, dando mayor gloria a
una ciudad que durante mucho tiempo sólo se asociaba a brocados, fiestas
pomposas –también en el siglo XX- y frivolidad, para convertirse después
en símbolo de decadencia y de reunión de muchedumbres aturdidas. De allí
salió para la sede romana, san Pío X, hombre de infatigable
entrega pastoral, defensor de la fe, la verdad y la justicia, calificado
por Juan Pablo II, en un viaje por tierras vénetas, de “hombre de
Dios, animado siempre por una interpretación sobrenatural de los hechos
del mundo y de la historia”. Libró una lucha por la unidad interior
de la Iglesia para preservar el profundo fundamento de la fe, cuando
algunos pretendían trastocar el depósito recibido, supeditando la fe a
la razón, en vez de hacerla su valiosa compañera. El otro patriarca
veneciano, el beato Juan XXIII, fue un hombre en el que se
conjugaban la verdad y la caridad. Ganó al mundo por la afabilidad de su
trato. De él dijo el Papa Wojtyla, durante su beatificación:
“La ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más
bien al modo de exponerla, era nuevo su modo de hablar y actuar, y era
nueva la simpatía con la que se acercaba a las personas comunes y a los
poderosos de la tierra”. Aquel Papa estaba convencido de que la
santidad se identifica con la unión con Cristo, única fuente de alegría
para un cristiano. Sólo así se comprende que en su diario hiciera suyas
unas palabras de Léon Bloy, un hijo de Israel ganado por Cristo:
“Sólo existe una tristeza en el mundo: la de no ser santos”.
Pero también salió del patriarcado de Venecia> el inolvidable
Papa de la sonrisa, Juan Pablo I, amigo de Los novios de
Manzoni y de Pinocho que, como tantos otros personajes de la literatura
universal, incluyó en sus catequesis. Su sonrisa sólo era explicable,
tal y como señalaría Juan Pablo II, desde un abandono dócil en las manos
de la Providencia celestial. Acaso más incomprendido resultó su
predecesor, Pablo VI, que vivió horas dramáticas para la Iglesia
y el mundo, un tiempo en el que infidelidades y rebeliones internas
agudizaron los sufrimientos de un Pontífice que con frecuencia invitaba
a la alegría cristiana, lleno de confianza en su Señor. Por el
sufrimiento también fue ampliamente probado Pío XII, que todavía
ve hoy atacada su memoria pese a haber sido la única autoridad visible
que permaneció al lado del pueblo romano durante la ocupación hitleriana.
Pese a algunos estereotipos, aquel Pontífice nunca fue un engolado y
distante miembro del patriciado romano, aunque naciera en la Ciudad
Eterna. El tiempo pondrá en su lugar la memoria de uno de los Papas más
devotos de María y uno de los que más amaron la verdadera paz, la que
viene de arriba y no se basa en los cálculos de los poderosos.
De defensores de la paz se puede justamente calificar a
Benedicto XV y a Pío XI, voces proféticas en un mundo que se
dejaba arrastrar por las seducciones de los nacionalismos belicosos, un
mundo que no podía soportar el calificativo de “inútil destrucción” que
dio Benedicto XV a la gran guerra, pues suponía desalentar el esfuerzo
bélico de unos soldados atrapados en un infierno de alambradas, acero,
obuses y gases asfixiantes. Antes bien, aquel Pontífice hizo lo posible
por aliviar tantos sufrimientos morales y materiales en la guerra y la
posguerra. Por su parte, Pío XI denunció los totalitarismos, la
puesta en marcha de una poderosa máquina de control, planificación y
propaganda. Mas la nueva “religión” totalitaria –idólatra de la raza, el
pueblo o el Estado- no había surgido por sí misma. Tenía sus raíces en
el laicismo, denunciado años antes en la encíclica Quas primas
(1925), y donde Pío XI afirmaba que algunos “Estados creyeron
poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y el
desprecio de Dios”.
León XIII prestó especial atención a los problemas emergentes en el
campo social, y al diálogo entre la filosofía y la teología,
aspectos plenamente compatibles con su profunda devoción mariana, y en
particular por el rosario, considerado por el Papa “Grande” “como
instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad”. No es
casualidad que en estos y otros aspectos coincida plenamente con Juan
Pablo IIcon un pontificado casi tan largo como el suyo. El Pontífice
polaco abrió a la Iglesia las puertas del tercer milenio, con la mirada
puesta en el futuro, pues, tal y como decía en su Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz (1997): <I. No era una frase retórica sino una
invitación al perdón y a olvidar los resentimientos, que tanto marcaron
al pasado siglo XX, y un deseo de que los seres humanos unieran sus
fuerzas para un futuro mejor.
El décimo Papa, que se añada a esta lista, tendrá mucho de los
rasgos de sus ilustres predecesores, alguien que, como ellos, tendrá que
recordar al mundo que no puede prescindir de Cristo y que la Iglesia,
según decía Juan XXIII, es “Jesús que vive en los siglos”.
Antonio R. Rubio Plo.
Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales
Publicado en analisisdigital.com el domingo 17 de abril de 2005
|