Fe, Razón e Historia

04 junio 2006

 

 

 

Nueve Papas en un siglo: Cristo en veintiún siglos


Nueve papas se han sucedido en algo más de un siglo en la sede de Pedro
. Tras un milenio largo de soberanía temporal sobre los Estados Pontificios, el Papado había quedado reducido en 1870 a la soberanía espiritual. Pero en aquella sustitución del palacio del Quirinal –sede actual de la presidencia de la república italiana- por el Vaticano, la Iglesia salió ganando infinitamente más de lo que había perdido a los ojos humanos. Privados de su soporte territorial italiano, los Papas agrandaron más su dimensión de pastores universales, precisamente cuando el mundo se hacía más pequeño gracias al progreso de las comunicaciones. El desarrollo de la técnica no redujo a la Iglesia, como habían pensado los positivistas del XIX, al desván de las antigüedades venerables, arrumbada entre documentos avejentados y polvorientas obras artísticas que para muchos carecían de significado. Antes bien, los nueve Papas dejaron oír su voz, como ninguno de sus antecesores lo había hecho: su palabra se escuchó en la prensa, la radio o la televisión; sus canales diplomáticos llegaron oportuna o inoportunamente a los gobiernos; sus viajes sobrepasaron los límites de Roma, primero, y de Italia, después... Diocleciano, y sus continuadores posteriores, se habrían asombrado de esto, pues aquel emperador, tras la más terrible de las persecuciones romanas, hizo grabar una lápida conmemorativa, Nomine Christiano Deleto, como testimonio de que el nombre cristiano había sido por fin destruido.

Dos de los Papas del siglo XX alcanzaron en poco tiempo la gloria de los altares, lo que no sucedía desde hacía siglos.

Curiosamente los dos fueron patriarcas de Venecia, dando mayor gloria a una ciudad que durante mucho tiempo sólo se asociaba a brocados, fiestas pomposas –también en el siglo XX- y frivolidad, para convertirse después en símbolo de decadencia y de reunión de muchedumbres aturdidas. De allí salió para la sede romana, san Pío X, hombre de infatigable entrega pastoral, defensor de la fe, la verdad y la justicia, calificado por Juan Pablo II, en un viaje por tierras vénetas, de “hombre de Dios, animado siempre por una interpretación sobrenatural de los hechos del mundo y de la historia”. Libró una lucha por la unidad interior de la Iglesia para preservar el profundo fundamento de la fe, cuando algunos pretendían trastocar el depósito recibido, supeditando la fe a la razón, en vez de hacerla su valiosa compañera. El otro patriarca veneciano, el beato Juan XXIII, fue un hombre en el que se conjugaban la verdad y la caridad. Ganó al mundo por la afabilidad de su trato. De él dijo el Papa Wojtyla, durante su beatificación: “La ráfaga de novedad que aportó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla, era nuevo su modo de hablar y actuar, y era nueva la simpatía con la que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra”. Aquel Papa estaba convencido de que la santidad se identifica con la unión con Cristo, única fuente de alegría para un cristiano. Sólo así se comprende que en su diario hiciera suyas unas palabras de Léon Bloy, un hijo de Israel ganado por Cristo: “Sólo existe una tristeza en el mundo: la de no ser santos”.

Pero también salió del patriarcado de Venecia> el inolvidable Papa de la sonrisa, Juan Pablo I, amigo de Los novios de Manzoni y de Pinocho que, como tantos otros personajes de la literatura universal, incluyó en sus catequesis. Su sonrisa sólo era explicable, tal y como señalaría Juan Pablo II, desde un abandono dócil en las manos de la Providencia celestial. Acaso más incomprendido resultó su predecesor, Pablo VI, que vivió horas dramáticas para la Iglesia y el mundo, un tiempo en el que infidelidades y rebeliones internas agudizaron los sufrimientos de un Pontífice que con frecuencia invitaba a la alegría cristiana, lleno de confianza en su Señor. Por el sufrimiento también fue ampliamente probado Pío XII, que todavía ve hoy atacada su memoria pese a haber sido la única autoridad visible que permaneció al lado del pueblo romano durante la ocupación hitleriana. Pese a algunos estereotipos, aquel Pontífice nunca fue un engolado y distante miembro del patriciado romano, aunque naciera en la Ciudad Eterna. El tiempo pondrá en su lugar la memoria de uno de los Papas más devotos de María y uno de los que más amaron la verdadera paz, la que viene de arriba y no se basa en los cálculos de los poderosos.

De defensores de la paz se puede justamente calificar a Benedicto XV y a Pío XI, voces proféticas en un mundo que se dejaba arrastrar por las seducciones de los nacionalismos belicosos, un mundo que no podía soportar el calificativo de “inútil destrucción” que dio Benedicto XV a la gran guerra, pues suponía desalentar el esfuerzo bélico de unos soldados atrapados en un infierno de alambradas, acero, obuses y gases asfixiantes. Antes bien, aquel Pontífice hizo lo posible por aliviar tantos sufrimientos morales y materiales en la guerra y la posguerra. Por su parte, Pío XI denunció los totalitarismos, la puesta en marcha de una poderosa máquina de control, planificación y propaganda. Mas la nueva “religión” totalitaria –idólatra de la raza, el pueblo o el Estado- no había surgido por sí misma. Tenía sus raíces en el laicismo, denunciado años antes en la encíclica Quas primas (1925), y donde Pío XI afirmaba que algunos “Estados creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y el desprecio de Dios”.

León XIII prestó especial atención a los problemas emergentes en el campo social, y al diálogo entre la filosofía y la teología, aspectos plenamente compatibles con su profunda devoción mariana, y en particular por el rosario, considerado por el Papa “Grande” “como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad”. No es casualidad que en estos y otros aspectos coincida plenamente con Juan Pablo IIcon un pontificado casi tan largo como el suyo. El Pontífice polaco abrió a la Iglesia las puertas del tercer milenio, con la mirada puesta en el futuro, pues, tal y como decía en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1997): <I. No era una frase retórica sino una invitación al perdón y a olvidar los resentimientos, que tanto marcaron al pasado siglo XX, y un deseo de que los seres humanos unieran sus fuerzas para un futuro mejor.

El décimo Papa, que se añada a esta lista, tendrá mucho de los rasgos de sus ilustres predecesores, alguien que, como ellos, tendrá que recordar al mundo que no puede prescindir de Cristo y que la Iglesia, según decía Juan XXIII, es “Jesús que vive en los siglos”.

 

Antonio R. Rubio Plo. Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales

Publicado en analisisdigital.com el domingo 17 de abril de 2005

 

 

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