| La plegaria y la ofrenda |
01 de marzo de 2008 |
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Autor: Pablo Prieto
(cfr Escuchar a fondo en la Sección Amistad de calidad)
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Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina tu oído y escucha mis palabras (Sal 16, 6). Agáchate para oírme, ¿no ves que hablo bajito?, ponte a mi altura, Señor, pega tu oreja a mi boca, esta boca de sordomudo, por mucho que grite apenas me sale un hilillo de voz, auscúltame como el médico, que aplica el oído a la carne enferma, que oye por contacto, dame, Señor, tus mejillas divinas, como la madre que recibe, junto al susurro del niño, sus besos y quizá sus babas…
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Habla, Señor, que tu siervo escucha (Samuel respondiendo a Dios que le llama a medianoche, 1 Sam 3, 10).— La voz de Dios sobresalta a Samuel dormido. La escena es una pedagogía de la oración, pues todo escuchar es un despertar.
Cuando te escucho, Señor, es porque despierto de mí y para Ti; desde mi sueño hacia tu Realidad, desde mis sombras a tu Amanecer.
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Voz como de muchas aguas.— Así suena, según el Apocalipsis, la palabra de Jesucristo (14, 2). Idéntica e incesantemente nueva, su verdad rebosa como una catarata. Es inagotable lo que dice, e infinito el modo de decirlo.
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Has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla (Mt 11, 25).— Estos sabihondos son los que se fían presuntuosamente del propio juicio, y por eso mismo no escuchan. ¿Para qué iban a hacerlo, si tienen la última palabra en todo?
La gente sencilla, en cambio, admite su ignorancia, duda de sí, y conoce el arte de escuchar, que consiste en “saber dejarse decir algo”.
Porque quien escucha de verdad, en serio y a fondo, más allá de las noticias parciales sobre esto o aquello al que escucha es a Dios mismo, cuya voz resuena en toda las cosas.
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Oigamos la voz de Dios para entrar en su descanso (Antífona de la Liturgia de las Horas).— Oigamos para entrar, entremos a fuerza de escuchar. Para entrar nosotros en su paz, antes deben entrar sus palabras en nuestra turbación, y disiparla. La lectura piadosa de la Sagrada Escritura es llave para ingresar en el descanso de Dios, en su tierra prometida y exuberante.
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Duras son éstas palabras, ¿quién podrá escucharlas? (En el discurso eucarístico, Jn 6, 60).— Ante la asombrosa locura de la Eucaristía algunos se echan atrás. Les importa más la viabilidad que la verdad. No te pido —dicen—, que tu doctrina sea verdadera: me conformo con que sea factible. No te pido palabras auténticas, me conformo modestamente con que sean suaves, a la medida de mi pensamiento y de mis fuerzas.
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Cuando tu saludo llegó a mis oídos la criatura saltó de gozo en mi vientre (Lc 1, 44).— Isabel desde dentro de su casa y Juan desde dentro de Isabel. Cada cual escucha en su morada interior, o sea en su corazón. Pues escuchar no es tanto oír algo como recibir a alguien: es una visita.
Por eso necesitas vida interior. ¿Cómo recibir a alguien, y mucho menos a Dios, si no tienes dónde ni con qué?
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Saltó en mi vientre (Lc 1, 44).— En el seno materno tiene lugar un diálogo misterioso. Hacia dentro habla la madre y desde dentro responde el bebé. ¿Cómo? Con sus propios cuerpos, el uno dentro del otro. Son nueve meses en que no es posible distinguir lo que se dicen y lo que se dan.
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Escuchaban maravillados lo que los pastores decían (Lc 2, 18).— Pues sólo escucha de verdad quien se maravilla. Quien no se admira de lo que oye apenas lo oye.
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Pero ellos no comprendieron lo que les dijo… Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto.… Y Jesús crecía… (Lc 2, 50-52).— María y José no entienden al principio, porque la respuesta que esperan ha de crecer con el que debe darla: Jesús. Hay que criarlo para entenderlo, alimentarlo para escucharlo, dejarlo que juegue a sus anchas en el Nazaret de nuestro corazón… Y llegará el día en que las antiguas preguntas reciban cumplida respuesta.
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¡Sal fuera! (ante el sepulcro de Lázaro, Jn 11, 43).— La palabra de Cristo la oye el oído muerto del muerto. Toda resurrección empieza por las orejas.
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Os aseguro que Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham (San Juan Bautista a los fariseos, Mt 3, 9).— De estas piedras duras Dios puede sacar hijos tiernos. Porque hijo equivale a persona que oye: sólo oyendo de corazón es posible nacer de alguien. El auténtico oír es un cierto nacer, un seguir naciendo; es reconocer que todavía no has nacido lo suficiente para ser quien eres.
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Basta con el oído para creer con firmeza (Auditu solo tuto créditur, himno eucarístico Adoro te devote).— Avanzo a tientas, dudando de mí mismo. Este es el modo como progreso y la fuerza que me hace avanzar: mi fe.
Para caminar sin tropiezo, dice el ciego, para cruzar la calle, para llegar a casa... basta con el oído.
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Uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote y le cortó la oreja derecha. Pero Jesús… tocándole la oreja, lo curó (Lc 22, 50-51).— Una oreja restaurada por Cristo, perdida y recuperada, recibida de sus manos como un don. “Tómala —parece decir a Malco—. Estaba en el suelo pero yo la devuelvo a su sitio, que es tu cabeza. En el suelo lo que parecen palabras no es más que polvo”.
¿Y qué oirá este oído a partir de ahora? En toda otra palabra sentirá siempre el eco de Jesús, este Verbo que no sólo se hace oír sino que regala con qué.
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Tocándole la oreja, lo curó.— ¿Cómo dudar de que entonces las miradas se cruzaron? Reponiéndole la oreja, en efecto, Jesús parece acariciar a Malco, pues mientras la mano actúa el rostro mira.
¿Y qué es la verdad sino la caricia de Dios en nuestra alma? Toda verdad, que nos llega por el oído, esconde una mano providente. En todo aquello que entendemos late Alguien que nos mima.
Estaba Jesús orando en cierto lugar, y cuando terminó le dijo uno de sus discípulos: “maestro, enséñanos a orar” (Lc 11, 1).— No sólo como tú, Señor, sino en ti. Involúcranos en tu oración, que yo ore por tu boca y desde tu corazón, y con tus gestos. Tu oración encauza, depura y eleva nuestros pobres gemidos. La oración tuya abre la puerta a la mía.
Me
las comí
—dice el profeta—, y me supieron a gozo y alegría en el paladar. Así
sabe la conversación sincera con Dios o con los hombres; este es el
regusto de la oración bien hecha.
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En tus palabras ardientemente espero (Sal 118, 74).— En tus palabras mi esperanza arraiga y fructifica. No sólo siembran la verdad, que es mi trigo, sino que abonan la tierra de mi alma, donde debe crecer. Llego a lo que dicen a través de lo que son: amor.
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El
Rosario, compendio del Evangelio, es el álbum de fotos de la Virgen,
donde Ella no se cansa de mirar a su Hijo en todas las edades, lugares y
momentos. Y a nosotros nos involucra en su mirada, nos traslada a sus
recuerdos, nos comunica sus sentimientos, nos incorpora a su Corazón.
Y esta es justamente la mirada que compartimos en el Rosario: ver al Hijo con los ojos de la Madre; verlo a su trasluz, reflejado en aquella que es Espejo de Justicia.
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Buscad continuamente su rostro
(Sal 104, 3).— No os conforméis con lo que Dios hace, o lo que dice, o
lo que pide, o lo que da; eso no basta: buscadle a Él.
Cada uno le escuchaba en su lengua (En Pentecostés, Hechos 2, 6).— En su lengua, como el pan, el queso o el vino: gustando su sabor. Solemos olvidar la relación entre ‘lengua’ como órgano del gusto y ‘lengua’ como idioma. Como idioma la lengua es común a muchos; como gusto es única e incomunicable: el sabor sólo lo siento yo.
Con su gracia el Espíritu nos hace vivir ambas experiencias: saber y sabor. Pues Cristo es para todos y en cierto modo sólo mío.
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Oigo el trino del pájaro pero no lo veo; escudriño la espesura, aguzo el oído, pero el ave escapa a mi mirada. Y si después tengo la suerte de verlo, siquiera un momento, lo considero un privilegio.
Tal sucede con el Espíritu Santo: Oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8). Lo que oyes espiritualmente en la oración despierta tu deseo de ver, y la contemplación, acaso momentánea y fugaz, se graba dulcemente en tu memoria.
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¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables sus juicios e inescrutables sus caminos! (Rom 11,33).— Jugando con su pequeño, el padre lo lanza al aire para recogerlo enseguida en sus brazos. En este instante el niño experimenta un gozoso y alegre susto, un confiado y sabroso temor, un feliz y divertido miedo.
Algo así es la contemplación. Jugando amorosamente con nosotros, Dios nos hace sentir, por un momento, el vértigo de su inmensidad, la grandeza de su gloria, que sobrecoge y fascina.
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¡Cuán inescrutables sus caminos…! (Rom 11, 33).— Por tus caminos, Señor, ando despreocupadamente, sin mapa, ni provisiones, ni prisa: no temo los obstáculos ni pienso en el retorno. Como el horizonte, mi corazón lo abro de par en par a lo que quieras ofrecerme. Tus paisajes son siempre sorprendentes e inéditos; tus espectáculos nunca decepcionan. La selva frondosa de tu amor ¿quién podrá penetrarla? Aunque las piedras y abrojos me desgarren, ¡qué gozo, Señor, perderme en ti, extraviarme irremisiblemente en tu espesura!
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No esperes un dato o una información sino un flechazo.
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Explícanos la parábola (Mt 13, 36).— Explícanos nuestra propia vida, esta pizarra donde pintas tus figuras y tus signos, donde expones tus lecciones, donde muestras de modo gráfico y patente aquello que debemos saber. Descifra esta incógnita que pones ante nuestros ojos: ¿por qué nos pasa lo que nos pasa? ¿Qué verdad esconde esta apariencia? ¿Qué sentido encierra? ¿Qué mensaje insinúa? Explícanos, Señor, no sea que nosotros, tus alumnos, suspendamos el gran Examen.
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Esta capilla donde rezo, Señor, es el aula donde recibo tus clases; otras veces es cocina, donde amaso y aderezo tu alimento; otras es barca, donde navego alegre en tu compañía y voy adonde tú. Pero otras veces —¡dame coraje, Señor! ¡Hazme fuerte y sincero!— sé que entro en un quirófano, donde tu bisturí corta, hiere y desgarra...
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