Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Zaragoza, 28 de marzo de 1925  

 

 

Un sábado, víspera del que antes se conocía como domingo de Pasión,  cuando la liturgia apunta a la contemplación de los cada vez  más próximos misterios de la Muerte y Resurrección de Cristo. Un escenario barroco de mármoles, estucos y maderas: la iglesia del Real Seminario de San Carlos, en Zaragoza, con un altar de columnas monumentales, que rodean a un relieve de la Inmaculada, y sobre el que  sobresalen unas imágenes de la Trinidad con los rasgos faciales del Hijo. Una nutrida concurrencia de público para las ordenaciones de 14 subdiáconos, 4 diáconos y 10 presbíteros, llevada a cabo por el obispo D. Miguel de los Santos Díaz Gómara. Expectación, sin duda, pero también recogimiento y solemnidad marcados por la ceremonia y el tiempo litúrgico. Estas son las coordenadas espaciales y temporales de un acontecimiento que convierte a un seminarista, hasta ahora diácono, en sacerdote para la eternidad. Aquel día de la existencia de Josemaría Escrivá de Balaguer no es tanto la culminación de una vida sino, antes bien, el comienzo de un camino que busca, ante todo, el cumplimiento de la voluntad de Dios. Es un jalón esencial de una trayectoria que ha surgido al compás de buscar el trato diario con el Señor y de preguntarse y preguntarle, sobre todo en las horas pasadas frente al sagrario de aquella iglesia, qué es lo que quiere de él. Una pregunta acompañada de buenas disposiciones en su corazón y en su voluntad, prestos ambos a responder en las cosas concretas de cada día, lo que sólo puede entenderse desde la confianza filial hacia un Dios que siempre es Padre.

 

No ha sido, desde luego, un camino fácil: han pasado cinco meses, casi día por día, desde el fallecimiento inesperado de su padre, don José, en Logroño, lo que le ha obligado a traer a su madre y sus dos hermanos a Zaragoza, a un modesto piso de la calle Urrea, una pequeña vía que conduce a la parte baja del Coso de la capital aragonesa; lugar muy animado por ser entonces la sede de la universidad zaragozana, en la que Josemaría, siguiendo el consejo de su padre, cursa simultáneamente los estudios de Derecho. La calle, en la que Josemaría ha alquilado una vivienda para su familia, está muy próxima a la parte trasera de la iglesia de San Carlos, que da al Coso. Poco después, se mudarán a la cercana calle de Rufas. Tiene así bastante próximos a su madre, doña Dolores, a su hermana mayor, Carmen, y a su hermano pequeño, Santiago, que apenas cuenta con seis años de edad.

 

El marco en el que tienen lugar las ordenaciones de aquel 28 de marzo es el de un barrio profundamente vinculado a la historia zaragozana.  Sin pretender agotarla, bastará recordar que estamos en los límites del perímetro de la ciudad romana,  con su trazado cuadricular que caracterizaba lo que en origen fuera un campamento militar; que en aquellas esquinas del Coso estuvo presente la judería de la ciudad medieval; y que calles principales y adyacentes conocieron un cierto esplendor en el Renacimiento, cuando la ciudad tenía alrededor de unos 200 palacios y casas nobles, palacios de ladrillo, de tres plantas, y cuya vida giraba en torno a un patio interior abierto. La historia brota a borbotones de los muros del Coso, aunque los cañonazos y la metralla de los años de los asedios franceses estuvieran a punto de borrarla por completo, y tampoco la urbe conocería del todo la paz en las décadas siguientes, agitada por las luchas entre las facciones liberales en el tiempo en que Espartero era el admirado político de la burguesía comercial zaragozana. En 1925, y por supuesto hoy, serían aplicables a aquellos lugares algunos párrafos de un clásico de la literatura aragonesa del XIX, la novela Pedro Saputo de Braulio Foz: “Penetró el Coso, y mirado que hubo esta hermosa calle, se metió por la de San Gil y atravesó la ciudad hasta el puente, desde el cual, visto el Ebro, miró hacia su lugar y le saltó el corazón pensando en su madre. Entróse en la ciudad, y viendo a la izquierda una iglesia y la puerta abierta y se encontró con el templo suntuoso, magnífico y soberano templo de la Seo (...) Y preguntando por el Pilar y oyendo que estaba cerca, visitó a Nuestra Señora y se fue a una posada”. Son escenarios éstos ligados a los casi cinco años de Josemaría Escrivá en el seminario zaragozano de San Francisco de Paula, relacionados con sus visitas diarias a la Virgen del Pilar o con sus recorridos por el barrio de la Seo, camino de la Universidad Pontificia que estaba entonces en la plaza de la catedral zaragozana. Pedro Saputo, peregrino del gremio de los curiosos más que el de los eruditos, hubiera permanecido en Zaragoza, a decir de su creador, diez años pero sólo estuvo diez días porque “le aquejaba el cariño de su madre”, residente en un pueblo no muy lejano. Otro cariño diferente, pero no menos intenso, aqueja a Josemaría Escrivá: el de Cristo. El le llevaría a abandonar dos años después su diócesis zaragozana, con el pretexto de completar estudios de doctorado en Madrid, pero sabiendo al mismo tiempo que Dios quería algo de él. De ahí que siguiera clamando, como el ciego de Jericó, con un “Domine, ut videam”, para que el Señor le especificara cuál era su voluntad. Por fin, el 2 de octubre de 1928, sabrá que está llamado a abrir un nuevo camino de santidad en la tierra, el Opus Dei, pese a que esa “novedad” estaba ya presente en los evangelios. Por lo demás, la ordenación marca una senda en su vida que no es precisamente la de una carrera eclesiástica, para la que no le hubieran faltado cualidades. Pero nada más lejos de su forma de pensar que reducir el sacerdocio a un trabajo burocrático. El sacerdocio es, ante todo, una entrega, un servicio hacia las almas que no conoce de horas de oficina.

 

No es difícil imaginarse en la ceremonia a la madre o a la hermana, llorosas por la emoción y sin duda por el recuerdo del marido y del padre, o al hermano pequeño, entre asombrado y confuso. No serían muy diferentes los sentimientos del nuevo sacerdote, que seguiría con suma atención, o mejor dicho viviría, todos los detalles de la ordenación de la que era uno de los protagonistas. Es la emoción que tiene el enamorado, que, al principio, puede dejar sin palabras, pero que al final, llevado por la alegría, estalla en pensamientos o palabras hacia el Amor divino, que pretenden ser al mismo tiempo expresión de un inagotable –y nunca suficiente- gracias. Ese agradecimiento se debe a que Cristo se nos ha regalado a sí mismo, lo que supone una expresión de amor que nadie podrá igualar. Por medio del bautismo, Cristo nos permite ser otros Cristos. Alter Christus, Ipse Christus…, estas expresiones son empleadas de continuo por Josemaría Escrivá. Se aplican a cualquier bautizado, aunque muchas veces no seamos conscientes de la grandeza y exigencia que en ellas se encierran. Olvidamos que el cristianismo no es una adhesión a una doctrina, por muy noble que ésta sea, sino que se nos está pidiendo una identificación con Cristo, por no decir una transformación en El. Acompañar a Cristo es ser como El. Todo lo demás es seguirlo de lejos, expuestos al riesgo de perderlo.

 

Tal y como señalara en su homilía de 1973, Sacerdote para la eternidad, en el caso del sacerdote, la “cristificación” adquiere unos rasgos singulares: “se da inmediatamente, de forma sacramental”. Con el sacramento del Orden, “el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser, es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad”. Sin el sacerdote, no sería posible la permanencia a lo largo de la Historia del sacramento de la Eucaristía a lo largo de la Historia, no sería posible esa forma maravillosa de presencia de Cristo en la vida de los seres humanos. Un sacerdote sólo puede existir por y para Cristo, y consecuentemente para todos aquellos a los que Cristo ha venido a salvar. La tarea del sacerdote ha de ser una labor de amor, manifestada de modo especial en la Santa Misa, concebida de continuo por nuestro santo como una cita con el Amor, en la que no hay prisa para las despedidas, en la que las rutinas deberían estar de más con ese Jesús que ama ardientemente a los suyos, y los ama hasta el fin (Jn 13, 1).

 

El 28 de marzo, Josemaría Escrivá daría por buenas todas las dificultades por las que ha pasado hasta llegar ese momento. Las bondades de Dios se han derramado abundantemente sobre el nuevo sacerdote, lleno del estupor y de la emoción de saber que sus manos consagradas harán diariamente presente a Cristo. No le han faltado ni le faltarán las cruces, pero hace de su vida una continua acción de gracias, tal y como recuerda cincuenta años después en Roma, un 28 de marzo de 1975, que es precisamente un Viernes Santo. Este es su balance, lleno de sentido del humor y de confianza filial: “Me he reído de mí mismo y me he llenado de agradecimiento a Nuestro Señor, porque El es quien lo ha hecho todo”.

 

Antonio R. Rubio Plo

Colaborador de darfruto

 

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