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El papel de la mujer en
la sociedad
Laura
L. García
Boston College
October 2000
Fuente:
www.iffd.org
Resumen: Cuando el Santo Padre publicó, en
1988, la encíclica La Dignidad de la Mujer (Mulieris Dignitatem),
algunos se ofendieron por la mera sugerencia de que la mujer debiera
tener una vocación especial. Este ensayo argumenta que hay una vocación
propia de la mujer, inspirándose en la obra de Juan Pablo II y Santa
Edith Stein. La cuestión de la naturaleza de la mujer (el problema
ontológico) actúa como una base para el debate sobre la vocación de la
mujer (el problema teleológico). La vocación de la mujer surge del
reconocimiento de las capacidades y dones que son, en general, más
característicos de la mujer que del hombre. Éstos incluyen una
particular facilidad para la amistad así como para alimentar la
existencia y pueden y debieran ejercerse en todas las áreas de la
cultura, tanto pública como privada. En realidad, hay una necesidad
urgente de que la mujer acepte el desafío de "reconciliar a los hombres
con la vida". Centrándonos en la obra de las filósofas Edith Stein y
Sara Ruddick, se presta atención a las virtudes requeridas para ejercer
esta tarea de la maternidad espiritual centrada en la persona. El
documento termina con una consideración sobre modelos de papeles
disponibles para las mujeres que desean vivir bien su vocación.
Acepté tratar este tema
del papel de la mujer a pesar del hecho de que la mera noción de un
papel para la mujer como mujer cause gritos de consternación en algunos
lugares. Cuando el Santo Padre en 1988 publicó una carta apostólica
sobre La Dignidad de la Mujer (Mulieris Dignitatem), algunos pensadores
feministas se ofendieron por la simple sugerencia de que la mujer
debiera tener una vocación exclusiva de ella. El hecho de que este
documento fuera emitido en el Año Mariano, proponiendo a María como
modelo de auténtica feminidad, provocó un auténtico escándalo entre
muchos autoproclamados defensores de la causa de la mujer. Estaban
convencidos de que un modelo mariano solamente podría implicar una
degradación de la mujer, relegándola a poco más que la servidumbre
doméstica, negándola cualquier papel en la vida pública y recomendándola
las virtudes de una moralidad de esclava: trabajo duro, sacrificio,
obediencia y una negación de sí misma equivalentes a su autodestrucción.
Una suposición crucial en la que se basa éste aluvión de críticas, creo
yo, es que la dignidad de la mujer no puede preservarse a menos que la
mujer sea, en cada aspecto importante, exactamente igual que el hombre.
Cualquier diferencia reconocida entre hombre y mujer puede utilizarse
como una excusa para tratarles de forma desigual. La discriminación
entre los dos conducirá inevitablemente hacia formas de discriminación
injusta - tratando a la mujer como inferior al hombre en su valía o
capacidades como persona y por tanto como indigna de las mismas
prerrogativas y privilegios que el hombre tiene. El temor es que la
mujer sea restringida al cuidado de la casa y de los hijos como la única
esfera en la que puede realizarse su verdadera vocación, especialmente
si las diferencias principales entre los sexos incluyen la estrecha
relación de la mujer con el embarazo y la crianza de los hijos. Sus
aspiraciones a participar de forma más activa en una comunidad más
amplia deberían reprimirse, de manera que, quizá, la vocación religiosa
es, simplemente, esta misma autodestrucción llevada al extremo: una
retirada total, incluso de la escena doméstica; en efecto, una
desaparición de la persona.
Si la visión de Juan Pablo II fuera ésta, sería con seguridad un
panorama inquietante y la reacción de algunos grupos de mujeres sería
comprensible. Pero la objeción al documento no fue en la mayoría de los
casos una reacción a la visión del Santo Padre, puesto que la mayor
parte de los críticos no la habían leído. En lugar de esto reaccionaron
a lo que ellos asumieron que diría, lo que ellos esperaban que dijera,
lo que temían que dijese-no a lo que en realidad dijo. En esta carta
apostólica Juan Pablo II busca la respuesta a la pregunta: ¿cuál es la
naturaleza de la mujer? Ésta no es una pregunta acerca de la naturaleza
del hombre o de la persona humana, aunque estas consideraciones sean
relevantes. Más bien, es acerca de lo que es distintivo de la mujer:
¿Quién es? De acuerdo con la filosofía y las ciencias así como la
revelación, Juan Pablo II busca una respuesta a la pregunta de la
ontología --¿qué tiene de único ser una mujer? Solamente entonces trata
de responder a la pregunta de la teleología --¿en qué se supone que
contribuye la mujer al mundo? ¿Cuál es el papel de la mujer? ¿Cuál es la
"obra de la mujer?"
HACIA UNA ONTOLOGÍA DE LA MUJER
Juan Pablo II encuentra las raíces para desarrollar, o comenzar a
desarrollar, una ontología de la mujer en varias fuentes filosóficas y
teológicas. Una de las más influyentes a este respecto, creo yo, es la
obra de Santa Edith Stein, la filósofa de principios del siglo veinte
recientemente canonizada por el Papa. Santa Edith nació en 1891, en la
que ahora es Wroclaw, Polonia. Se convirtió del Judaísmo al Catolicismo
mientras estudiaba filosofía en una universidad alemana y continuó su
lucha por lograr una carrera universitaria, escribiendo y dando
conferencias extensamente sobre la naturaleza y educación de la mujer.
Después de la muerte de su madre, se sintió libre para dedicarse al
ejercicio de su vocación de Carmelita. Siguió escribiendo sobre temas
filosóficos y espirituales, que incluyen un estudio sobre San Juan de la
Cruz. Fue martirizada en Auschwitz en Agosto de 1942. Ahora se
encuentran disponibles en inglés varios volúmenes de sus obras completas
y sus escritos y conferencias sobre la mujer se han publicado bajo el
título Esssays on Woman.
Edith Stein reconoce, junto a los filósofos Aristóteles y Santo Tomás,
que existen rasgos únicos del alma humana, capacidades (o al menos
rasgos dispositivos) que son compartidos por todos los miembros de la
especie. La racionalidad y la capacidad de libre elección pertenecen por
naturaleza a todos los seres humanos y por consiguiente a todas las
mujeres. Pero Edith Stein también se toma en serio la doctrina
aristotélica de que el alma es la forma del cuerpo. De acuerdo con
Aristóteles, cada cosa material es la unión o composición de forma y
materia, donde la forma es el principio de movimiento y cambio de una
cosa, la fuente de sus capacidades esenciales. Aristóteles mantiene que
la forma se individualiza (es la forma de un individuo específico)
mediante su unión con la materia, con este cuerpo o ese otro. Edith
Stein extiende aquí la teoría de Aristóteles, en una dirección que puede
que él hubiera aprobado o no, al razonar que la clase de cuerpo que
especifica la forma de humanidad influirá en el modo que la forma se
hace realidad. Por consiguiente, un alma de mujer poseerá una cualidad
espiritual distinta de un alma de hombre. Edith Stein no arguye que
biología equivalga a destino, sólo que las diferencias físicas entre
hombre y mujer marcan profundamente sus personalidades. El cuerpo de la
mujer sella su alma con cualidades concretas que son (1) comunes a todas
las mujeres y (2) diferentes de los rasgos característicamente
masculinos. Edith Stein ve estas diferencias como complementarias más
que clasificadas en una jerarquía de valores, de manera que debieran
reconocerse y celebrarse en lugar de minimizarse y deplorarse. Puesto
que hay dos modos de ser humano, como hombre o como mujer, viene casi a
decir que hombre y mujer son dos subespecies de la única especie humana.
El propósito de Edith Stein puede parecer bastante radical, a pesar del
gran éxito de John Gray Men Are From Mars, Women Are From Venus, que nos
hace venir de planetas totalmente diferentes ¡no importa la especie!
Pero, hoy día, la opinión de Edith Stein recibe cierto apoyo empírico,
especialmente a partir de las recientes investigaciones sobre el cerebro
que indican que los cerebros de las mujeres están organizados de manera
distinta de los de los hombres. Por ejemplo, parece que las mujeres oyen
mejor que los hombres y detectan los cambios de tono de voz mejor que
los hombres. Además, las mujeres perciben más fácilmente el contenido
emocional de una fotografía o una situación y pueden detectar dicho
contenido con ambos lados del cerebro, mientras que los hombres
solamente tienen acceso al contenido emocional con un lado. De hecho,
las mujeres, cuando abordan un problema siempre lo hacen con ambos lados
del cerebro, mientras que los hombres pueden centrarse en un problema
utilizando sólo el lado analítico del cerebro.
Edith Stein desconocía obviamente estos estudios empíricos, pero apoyó
su opinión mediante la apelación a alegaciones filosóficas sobre la
intimidad de la relación entre el cuerpo y el alma, y a teorías
psicológicas que distinguen entre varios tipos de personalidad, en lugar
de centrarse solamente en la conducta. Consideraba que las diferencias
entre hombres y mujeres eran evidentes incluso para el sentido común y
por tanto con poca necesidad de argumentos. Su tesis sería denegada hoy
día por muchos feministas, pero probablemente por nadie que tenga hijos
de ambos sexos. Las diferencias entre chicas y chicos aparecen pronto y
parecen resistir con tenacidad la manipulación de los padres bien
intencionados y políticamente correctos (p. ej., los afectados por el
sentido común). La naturaleza tiene su forma de imponerse con impasible
indiferencia hacia nuestras teorías.
El compromiso de Edith Stein con la existencia de un alma
característicamente femenina no invalida su igualmente profunda
dedicación a la libertad e individualidad de cada persona. Si nadie es
simplemente un ser humano, sino un hombre o una mujer, nadie es
sencillamente una mujer, sino esta o esa mujer. Un individuo dado
poseerá sus propios dones, inclinaciones y capacidades y algunas mujeres
pueden poseer cualidades que son más típicas en los hombres, exactamente
igual que un hombre puede mostrar muchos rasgos femeninos. Sin embargo,
esto no debiera oscurecer el concepto general de que existen importantes
diferencias generales entre ambos sexos, y que éstas no deben ser
ignoradas o, peor todavía, negadas. Una razón para celebrar estas
diferencias, pensaba Edith Stein, era que eran complementarias. Se puede
ver esto de una forma puramente secular, como algo deliberado por la
naturaleza o la evolución, o como lo hace Edith, como una parte del plan
divino para los seres humanos. Hombre y mujer se complementan en lo que
Juan Pablo II llama una relación de "enriquecimiento mutuo". Él escribe
de forma conmovedora sobre ese momento de la historia de la creación
cuando Adán, encerrado al principio en su soledad original, despierta de
un sueño profundo para encontrarse cara a cara con Eva. Se llena de
alegría ante la presencia de esta que es su otro, pero de alguna forma
él mismo. "¡Ésta, por fin, es hueso de mis huesos y carne de mi carne!"
EL ALMA FEMENINA
Claves para la naturaleza de la mujer, para el alma femenina, si se
quiere, pueden recogerse de muchas fuentes-empíricas, filosóficas y
teológicas. Al tratar este asunto, Edith Stein extrae del relato de la
creación del Génesis dos temas principales: la mujer como compañera y la
mujer como madre. Exactamente igual que Eva es la compañera apropiada
para Adán, también es llamada en el Génesis "la madre de todos los
vivientes". En primer lugar, entonces, consideremos el papel de
compañera. El compañerismo o amistad supone compartir la vida de otro,
entrar en ella y hacer nuestras las inquietudes de esa persona. Se puede
aducir que esta es una vocación para ambos y Santa Edith probablemente
estaría de acuerdo. Pero también puede ser verdad que la mujer tiene un
genio especial para la amistad, quizá gracias a su orientación más
inmediata hacia lo humano y personal. Esta orientación hacia las
personas incluye, entre otras cosas, una gran capacidad para la empatía.
Edith Stein escribió su disertación doctoral sobre el tema de la empatía
y todavía puede detectarse su influencia en sus últimos escritos sobre
la mujer. Describe la empatía como un claro conocimiento del otro, no
simplemente del contenido de su experiencia, sino de su experiencia de
ese contenido. En la empatía, uno toma el lugar del otro sin llegar a
ser estrictamente idéntico a él. La empatía no significa solamente la
comprensión de las experiencias del otro, sino en cierto sentido
aceptándolos como propios.
Alguien podría objetar que no podemos realmente tener esta clase de
acceso a las vidas interiores de otros, puesto que sus sentimientos no
se nos muestran directamente, dentro de nuestra propia experiencia.
Edith replica que los sentimientos de los demás se nos indican en sus
expresiones y actos externos. "El semblante triste... está de acuerdo
con la tristeza... El semblante es la parte exterior de la tristeza.
Juntos forman una unidad natural". Ella ve nuestros cuerpos como la
encarnación de nosotros mismos, como haciendo visibles nuestros
espíritus, revelándonos a otros. Si somos suficientemente sensibles al
rostro del otro, y a su tono de voz y lenguaje corporal, así como a las
palabras que se dicen, podemos entrar en gran medida en lo que está
experimentando. Su descripción de empatía realza la estrecha relación
entre la empatía y el amor, puesto que el amor exige una identificación
similar con las inquietudes de otra persona. Como dice algunas veces
Juan Pablo II, en el amor el "Yo" de otro se convierte, en cierto
sentido, en nuestro propio "Yo".
La capacidad de entrar con empatía en la vida de otro es especialmente
útil dentro del matrimonio, por supuesto, pero también puede y debería
ejercerse en otras relaciones. En su Epístola a los Gálatas, San Pablo
escribe "Llevad unos las cargas de los otros y dad así cumplimiento a la
ley de Cristo". Para las mujeres que son solteras, para aquellos que se
han consagrado completamente a Dios y para toda mujer en tanto sus
circunstancias lo permitan, esta orientación hacia otros debería asumir
un ámbito verdaderamente universal, que a su vez exige una clase de amor
más desinteresado (es decir, más divino). Todos los que conocieron a
Edith Stein dicen que era un ejemplo viviente de esta profunda capacidad
para la empatía. Su director espiritual a finales de los veinte, Abbot
Raphael Walzer, escribió que ella poseía "una tierna, incluso maternal,
solicitud por los otros. Era sencilla y directa con la gente normal,
docta con los eruditos, compañera de trabajo con aquellos que buscaban
la verdad. Casi podría decir que era una pecadora con los pecadores."
Edith Stein encuentra el segundo aspecto del alma femenina en la
estrecha conexión de la mujer con el nacimiento y desarrollo humanos-la
mujer como madre. Como alguien especialmente encargado de la vida
humana, la mujer busca y abraza todo lo que sea vivo, personal y total.
"Querer, guardar, proteger, alimentar y fomentar el crecimiento es su
natural y maternal anhelo" dice Edith. La mujer se centra de forma
natural en lo personal y tiende a dar a las relaciones una importancia
mayor que al trabajo, al éxito, a la reputación y al poder. Aquí, el
pensamiento de Edith Stein se alinea con recientes autores
neo-feministas como Carol Gilligan que asegura que la mujer enfoca los
problemas morales con más atención hacia las personas afectadas por sus
acciones y decisiones que hacia consideraciones abstractas e
impersonales sobre el deber, los derechos y la justicia.
Quizá gracias a la necesidad de tratar con cada hijo por separado, la
mujer está de un modo natural más adaptada hacia el individuo, hacia una
persona específica con todas sus necesidades y posibilidades. La
preocupación maternal apunta hacia el desarrollo total de la otra
persona como una unidad de cuerpo, alma y espíritu. Ningún aspecto de la
personalidad debe sacrificarse a cualquier otra. En particular, no debe
existir ningún divorcio entre la mente y el cuerpo, tratando a las
personas (para Edith Stein esto quiere decir especialmente estudiantes)
como si fueran intelectos incorpóreos. La filósofa feminista Naomi
Schemann alega que ninguna mujer hubiera inventado jamás el dualismo
cartesiano, que define al ser humano simplemente como algo que piensa y
Edith Stein hubiera coincidido probablemente con entusiasmo con Schemann
en este punto. Por tanto, para Edith Stein, los dones maternales de la
mujer están orientados a ayudar a otras personas a desarrollar todas sus
posibilidades.
LA VOCACIÓN DE LA MUJER
En cierto sentido, Edith Stein diría que no existe una vocación de la
mujer, o tal vez que la vocación de la mujer es la misma que la de cada
uno de nosotros. Debemos ser fieles a nuestros dones, que indican
nuestra llamada-preservando la persona, luchando por la dignidad, la
seguridad, la prioridad, el infinito valor de la persona humana en un
mundo cegado por el consumismo y el criterio de la eficiencia
tecnológica. Para las mujeres casadas, esta vocación se centrará
especialmente en sus maridos e hijos, aunque la preocupación por el
completo desarrollo y dignidad de éstos en sus propias familias las
introducirá también, de forma inevitable en muchos contextos de mayor
amplitud. El compañerismo y la maternidad espiritual son una llamada
universal para la mujer y por tanto no pueden ser unas tareas para ser
ejercidas solamente dentro de la propia familia. La inquietud por el
bien de las personas debe extenderse a todos aquellos cuyas vidas están
en contacto con las nuestras.
El Papa Juan Pablo II eleva esta vocación femenina a proporciones
verdaderamente cósmicas, buscando que la mujer vuelva a humanizar un
mundo cada vez más dominado por el materialismo y el hedonismo. En El
Evangelio de la vida, invita a las mujeres a "enseñar que las relaciones
humanas son auténticas si se abren a la acogida de la otra persona,
reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser persona
y no por otros factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia,
la belleza o la salud." (n. 99) Esta contribución de la mujer, declara
el Santo Padre, es "la premisa insustituible para un auténtico cambio
cultural", para reemplazar la cultura de la muerte con la civilización
del amor. "Dirijo a las mujeres una llamada apremiante: 'Reconciliad a
los hombres con la vida'". Es difícil imaginar una vocación más global y
esto exige la presencia de la mujer en prácticamente todos los aspectos
de la sociedad, públicos y privados. Sin pedir a las mujeres que ignoren
sus obligaciones familiares y profesionales, el Santo Padre urge a las
mujeres a movilizarse de cualquier forma que puedan para oponerse a la
perniciosa cultura de muerte que nos rodea en estos días; a luchar por
la dignidad y valor de cada ser humano.
CÓMO DESARROLLAR LAS VIRTUDES MATERNALES
La tarea de proteger y desarrollar las personas humanas, de ayudarlas a
lograr su culminación como personas, requiere varias virtudes o el
desarrollo de diferentes dones. Aunque éstos pueden ser en general más
naturales en las mujeres, puesto que son también virtudes humanas, todos
podemos hallar una mayor perfección humana intentando adquirirlas y
practicarlas en nuestro trato con los demás. En su reciente libro
titulado Maternal Thinking, Sara Ruddick incluye varias de dichas
cualidades. La primera es la vigilancia, que supone atención a las
necesidades de un hijo, o de otra persona en forma general. En estos
días es un hecho bien conocido que las mujeres son típicamente más
conscientes que los hombres de los sentimientos de los demás. Pero la
vigilancia no es simplemente estar alerta ante el estado emocional del
otro. Es más bien una forma de estar atentos a posibles peligros, una
alerta cognitiva normal para las madres a las que Ruddick llama
"escudriñadoras". Se hace más desafiante por el hecho de que los hijos
son criaturas independientes, por lo que no deben sentir que están
siendo constantemente vigilados. Las madres encuentran sus propias
formas creativas para ver y evitar los peligros para sus hijos aunque
parezcan despreocupadas.
Puesto que la vigilancia puede llegar a ser obsesiva o impertinente, la
segunda virtud que Ruddick asocia con ser madre es la humildad. Las
madres deben aceptar que no pueden controlar completamente ni a su hijo
ni a su entorno. Como afirma Ruddick, "Las madres protegen cuando la
protección no puede asegurarse, cuando el fracaso significa normalmente
decepcionar a alguien a quien ellas aman apasionadamente, cuando el
riesgo y la conducta impredecible limitan sus esfuerzos y cuando sus
mayores desvelos se encuentran viciados por su propia impaciencia,
ansiedad, fatiga y preocupación por sí mismas." Rezar por nuestros
hijos, o por aquellos de quienes somos de algún modo responsables, es un
gran ejercicio de esta virtud. Es una admisión de que no podemos
controlar las circunstancias o las elecciones de otros y de que
solamente Dios los amará con perfección. Para que la humildad no se
convierta en una falsa imitación, en pasividad o en desánimo, Ruddick
dice que las madres han de reconocer la importancia de otra virtud: la
alegría.
La alegría está estrechamente relacionada con la esperanza, que ve lo
que cada persona es capaz de llegar a ser y nunca deja de insistir con
ella. El amor maternal es un amor que cree todo. Aunque la alegría puede
degenerar en una especie de negación ingenua de los desafíos reales a
los que se enfrenta un hijo o un amigo, sus sinceros sufrimientos y
tristezas, en sus mejores momentos nos permite tomar la visión más
duradera, para enseñar a otros el poder de resistencia y el arte de
empezar otra vez. Los creyentes cristianos pueden añadir a las
sugerencias de Ruddick la importancia de alentar a otros a ofrecer sus
sufrimientos junto a los de Cristo en la cruz. Nada de lo que nos ocurre
es un mero accidente; todos los sucesos de nuestra vida pueden servir
para nuestro bien y la causa del reino de Cristo. Nuestra esperanza no
defrauda.
Además de la esperanza está la virtud de la aceptación, que permite a la
naturaleza humana y a la naturaleza en un sentido más amplio ser lo que
ellas son y surte efecto dentro de esos límites para desarrollar cada
persona y hacer frente a sus necesidades. La aceptación se encuentra en
el centro de la naturaleza incondicional del amor maternal, que (en su
mejor expresión) ama sin esperar ser amado a cambio. Finalmente, Ruddick
incluye la virtud del apoyo, de proteger al hijo y hacer que se sienta
seguro-de hacer de la casa un refugio. La virtud del apoyo recurre a los
dones que posee la mujer para apreciar lo concreto y para estar en
sintonía con los aspectos en que este hijo es diferente a cualquier
otro. Esto requiere una sensibilidad para saber la cantidad de
protección que cada hijo necesita y el grado en que el 'apoyo' debe
permanecer oculto. Creo que las madres de los adolescentes,
generalmente, se hacen grandes expertas en esta especie de 'protección
indetectable' de sus hijos. Si lo hacemos suficientemente bien, podemos
pasar desapercibidas bajo su radar.
Cualquiera que considere la tarea maternal y las virtudes necesarias
para ella con esta profundidad se dará cuenta rápidamente de lo exigente
que es esta vocación. Las madres siempre han sabido esto, por supuesto,
pero nuestra sociedad ha llegado a ser bastante ciega respecto a ello.
El materialismo alega que los humanos son simplemente complejas máquinas
orgánicas y que nuestra felicidad consiste en satisfacer nuestros deseos
todo lo que podamos, cuando estos deseos son principalmente de placer y
confort. Si esa es la verdad tal cual sobre los seres humanos, las
madres están perdiendo el tiempo que emplean con sus hijos. Todos los
padres y las madres deberían estar fuera rascando por obtener todo el
dinero y poder que puedan encontrar, puesto que eso es lo que sus hijos
necesitan más que cualquier otra cosa. Mejor todavía, no tengáis ningún
hijo, puesto que podría interferir en vuestro programa de maximización
de vuestro propio placer. En realidad, ¡puede que sea mejor no casarse
tampoco!
Un reciente anuncio del metro de Boston retrata una joven pareja en
medio de su ceremonia de boda-el novio está a punto de poner un anillo
en el dedo de la novia. Los estilos de peinado y vestido son
deliberadamente anticuados y un poco blandos. La leyenda avisa a las
mujeres jóvenes: "Antes de efectuar un compromiso con cualquier otra
persona, efectúa uno contigo misma," presumiblemente matriculándose en
un programa de graduación en economía. ¡No me opongo a la graduación de
la mujer! Pero este anuncio asume de forma simple que uno no puede
realizar en su totalidad sus aspiraciones más elevadas en el contexto
del matrimonio; lo más probable es que los compromisos con otros
afectarán al verdadero desarrollo de la mujer, especialmente en lo que
algunas veces parece ser el santo grial del feminismo radical: la
independencia económica.
Desdichadamente, el anti-materialismo es difícil de vender en estos
días; quizás haya sido siempre mucho más fácil vender el hedonismo, el
libertinaje y la codicia. Pero la crisis cultural que el Santo Padre
describe en El Evangelio de la vida parece especialmente penetrante en
el terreno intelectual y moral de nuestras sociedades hoy día y
particularmente perniciosa en su impacto sobre nuestras leyes e
instituciones. Juan Pablo II no duda en hablar de estructuras de pecado,
de una conspiración contra la vida, y una guerra del poderoso contra el
débil. Aún así, en esta importante batalla no podemos entregar
sencillamente el campo al enemigo. Tenemos de nuestro lado el hecho de
que el materialismo es falso. Las personas humanas están hechas para
algo más, infinitamente más; la búsqueda del placer nunca satisface
realmente. Cuando esos que están alrededor nuestro se han agotado
persiguiendo una felicidad difícil de alcanzar, cuando la tragedia
golpea en sus vidas, cuando se enfrentan a la realidad de la
muerte-entonces hay una oportunidad de que los bienes intangibles del
alma vuelvan a tenerse en cuenta. Cuando es así, se reconocerá una vez
más el valor del papel de la mujer para preservar lo personal y
genuinamente humano. Mientras tanto, hay muchos que saben la verdad.
Solamente Dios puede satisfacer el corazón de todas las personas. No
debemos cansarnos de proclamar esta verdad, a tiempo y a destiempo.
Últimamente parece que siempre estamos a destiempo, pero debemos
perseverar.
CÓMO TRANSFORMAR LA CULTURA
Volvamos ahora a considerar el testimonio y el papel públicos de la
mujer en nuestras sociedades. El primer hecho a tener en cuenta es que
dedicarse al hogar y la familia de forma exclusiva es en sí mismo un
testimonio público y de una gran importancia. Centrar las energías
propias en esta forma de hacer del hogar un ambiente cálido y acogedor y
ayudar a los hijos a alcanzar sus posibilidades, encontrar a Dios y
encontrarse a sí mismos, contradice las suposiciones de la cultura de
consumo. Esto es por lo que la mujer que trabaja en el hogar y cuyo
trabajo no se paga y no se aprecia como merece está realmente en primera
línea en la guerra que el Santo Padre describe. Es importante para los
maridos y padres reconocer el precio que pagan las mujeres por poner las
personas por encima de las cosas, de forma que puedan proporcionar el
apoyo, el ánimo y la asistencia que también mostrarán al mundo dónde
está su tesoro.
Algunas mujeres, incluyendo algunas esposas y madres, trabajan en
puestos pagados o impagados fuera de la esfera del hogar y la familia.
El papel de la mujer en círculos más amplios de la sociedad y la lucha
para combinar las obligaciones públicas y privadas, fue una importante
preocupación de Santa Edith Stein. Era de profesión docente, responsable
de la formación de chicas jóvenes en los niveles secundario y
universitario, justo en el momento en que están decidiendo qué camino
deben tomar sus vidas. ¿Deberían las mujeres ver su papel centrado
exclusivamente, o en todos los casos, en la esfera doméstica, en "la
casa y el hogar", como ella dice? En absoluto, dice Edith. Ella ve los
triunfos obtenidos por el movimiento femenino a este respecto como
ampliamente positivos, abriendo las profesiones y la vida política a las
mujeres y proporcionando iguales oportunidades para trabajar en estas
áreas.
Durante sus años de enseñanza, Edith Stein tradujo al alemán el libro
del Cardenal John Newman sobre el ideal para una educación más elevada,
The Idea of a University, y mantuvo que una educación liberal es tan
necesaria para la formación de la mujer como para la del hombre. Si
algunos temas son naturalmente más atractivos o interesantes para las
mujeres, tal vez por sus conexiones más estrechas con lo vivo y
personal, otros pueden ser útiles correctivos para un punto de vista
excesivamente personal. Puesto que las habilidades domésticas pueden
aprenderse en casa (¡suponiendo que haya alguien para enseñarlas!),
Edith Stein sugiere un currículo para las mujeres universitarias que no
difiere significativamente de lo que se ofrecería para los hombres. Aún
así, opina que es de la máxima importancia que los profesores de mujeres
tienen que saber cómo conectar la materia de su asignatura con las
inquietudes y sensibilidades particulares de las mujeres. De hecho,
pensaba que era muy importante que las chicas y las mujeres fueran
enseñadas fundamentalmente por mujeres.
Cuando se le preguntó si la vocación natural de la mujer descartaba
ciertas profesiones como inconvenientes para ella, Edith contestó: "Se
podría decir que, en caso de necesidad, toda mujer normal y sana es
capaz de ocupar un puesto de trabajo. Y no existe ninguna profesión que
no pueda practicar una mujer" En realidad, "Toda profesión en la que el
alma de la mujer puede realizarse plenamente y pueda moldearse por el
alma femenina es una auténtica profesión de mujer." Es probable que
algunas profesiones continúen atrayendo más a las mujeres que a los
hombres, en parte como consecuencia de su fuerte componente humano.
Podemos esperar encontrar un gran porcentaje de mujeres atraídas hacia
campos como la enseñanza, la medicina, el derecho, el trabajo social, la
psicología y similares. Obviamente, no todo el mundo puede elegir,
cuando se introduce en el mercado laboral, qué clase de trabajo
encuentra más atractivo y muchas mujeres (junto con muchos hombres)
trabajarán en empleos que no se ajustan especialmente a ellos. Pero
todas las profesiones pueden practicarse de un modo femenino; es decir,
todas las profesiones pueden humanizarse, hacerse más agradables y
ponerse en contacto con las preocupaciones humanas. Por tanto, es bueno
para la sociedad que se encuentren mujeres en todas las profesiones. En
realidad, es difícil imaginar que las mujeres sean capaces de responder
a la llamada de Juan Pablo II para reconciliar a los hombres con la
vida, a menos que su influencia penetre, especialmente, en aquellas
áreas de la sociedad dominadas en su día por los hombres.
Cuando habla del papel de las mujeres en la vida nacional, Edith nos
insta, "La nación... no necesita simplemente lo que tenemos. Necesita lo
que somos." Lo mismo puede decirse sobre la fábrica, la oficina, las
profesiones, el mercado, la esfera política, así como sobre la escuela,
la parroquia y el hogar. Edith animaba especialmente a las mujeres a
llegar a implicarse en la vida política. Las inquietudes maternales de
las mujeres, pensaba, conducirían a un mayor interés en la vida de la
comunidad, desde las asociaciones entre padres y profesores hasta la
Presidencia. Puesto que las decisiones tomadas en la plaza pública
impactan seriamente sobre el individuo y la familia, son automáticamente
de gran importancia para las mujeres. Cuando los tiempos se hacen más
oscuros, como en la era de Edith Stein y también en la nuestra, las
mujeres están llamadas de forma especial a declarar su opinión con valor
y a influir más allá de sus familias y vecindades.
Edith Stein reconocía las extraordinarias dificultades que se oponen a
la mujer con una doble profesión, dentro y fuera de casa. Incluso aunque
esta situación no era la suya, fue a la que su madre tuvo que hacer
frente. En sus conferencias sobre la mujer, insistió en que los deberes
de la mujer hacia su marido y sus hijos deben tener el primer lugar en
su vida. No pueden sacrificarse a otras cosas, incluso si esas otras
cosas son buenas y meritorias en sí mismas. Si es característico de los
feministas de hoy ver al marido y a los hijos como obstáculos para la
autorrealización de la mujer, como cargas para ella, es característico
de un feminismo informado por la fe verlos como seres que contribuyen a
su realización y están encomendados a ella. Cuando los hijos están más
necesitados, en los años de preescolar y en la adolescencia, una madre
puede tener que sacrificar un poco de su posición y prestigio
profesional por sus hijos. Por supuesto, no es necesario decir que los
padres también necesitarán poner la máxima prioridad en sus relaciones
con Dios y la familia, procurando que su trabajo profesional no impida
su participación en la formación de sus hijos y el desarrollo de una
estrecha amistad con sus esposas.
Edith Stein aprueba que algún cuidado de los niños sea llevado a cabo
también por otros, especialmente si éstos están cercanos a los niños de
alguna forma. Pero no parece favorable a aquellos que esperan una
participación general de hombres y mujeres a partes iguales en todas las
tareas domésticas. Las dotes de una mujer para ayudar a otros a lograr
el máximo de sus cualidades no pueden ejercerse con sus hijos a menos
que pase un tiempo considerable con ellos. Estudios recientes muestran
que el papel del padre en la familia es crucial para los hijos, pero
esto confirma exactamente el punto de vista general de que madres y
padres contribuyen con cosas diferentes para sus hijos. El término
"criar a los hijos" se ha hecho popular hoy día a causa de la noción (o
esperanza) de que hay algo genérico que los adultos hacen por sus hijos
y no importa mucho quién lo hace. Peor todavía, ahora tenemos el término
"prestación de asistencia", que puede sugerir que todo lo que importa es
que alguien, incluso alguna institución, sustituyan a mamá y a papá, que
son simplemente ¡los primeros asistentes¡ (No necesariamente los
principales, puesto que el niño puede estar más horas despierto en un
lugar de asistencia de día de las que está en casa)
¿Cómo va a equilibrar la llamada "madre trabajadora" las serias y
conflictivas demandas de su tiempo y sus fuerzas?. Santa Edith no cree
que haya ninguna solución rápida para este problema y quizá las
soluciones que hay variarán enormemente de una mujer a la siguiente. La
estrategia más importante, aconseja, es buscar la guía divina, recibir a
Cristo en los sacramentos con la máxima frecuencia y esforzarse para
estar abierto a lo que Dios pide de uno en cada situación. "Si su vida
se sostiene completamente en Jesús, entonces está mejor protegida contra
la peligrosa pérdida de la moderación... Cualquier cosa que se le
entregue no se pierde sino que se salva, purificada, exaltada y fuera de
proporciones en la medida verdadera."
A la literatura feminista radical le gusta contrastar el trabajo en el
hogar con el trabajo pagado (presumiblemente fuera de casa), alegando
que el trabajo doméstico es en gran parte para otros mientras que otras
clases de trabajo son para uno mismo. En el punto culminante del
movimiento de liberación de la mujer en 1974, Ann Oakley escribió un
libro lleno de enojo en el que levantó una imponente acusación contra el
ama de casa normal. De acuerdo con Ann Oakley, el trabajo al que la
mayoría de las mujeres dedican una gran parte de sus vidas es una
pérdida de tiempo. No las mantiene actualizadas. Las conservas en una
situación de dependencia económica. Es para las débiles mentales, que
solamente pueden trabajar en un ambiente no competitivo. No recibe
ningún reconocimiento público, y en realidad no puede recibirle porque
tiene lugar en la esfera privada. Es doméstico, lo que en su origen
significaba "conectado con el hogar" pero ahora significa "degradante" o
"falto de dignidad". En resumen, lamenta que sea "un trabajo pesado,
estúpido y aburrido". Alguien que trabaje fuera del hogar podía declarar
que ¡ésta es una descripción bastante imparcial de sus trabajos también!
Dejando ese problema aparte, es importante ver que el trabajo de
cualquier clase es una forma de servicio-nuestra participación finita en
el plan divino y su revelación. Todo nuestro trabajo puede ser ofrecido
a Dios, el Señor y el Fin de toda la creación. Visto de esta forma, las
comparaciones entre trabajo público y privado, pagado e impagado,
rodeado de encanto y escondido, pierden mucho su significado.
Nada de esto significa excusar o justificar la extrema devaluación del
trabajo de la mujer en el cuidado del hogar y de los hijos. Dada la
absolutamente indispensable necesidad de preparar a los adultos del
futuro, no existe excusa para no hacer que las mujeres que se ocupan de
este trabajo se sientan apreciadas y honradas. Juan Pablo II llega
incluso a urgir a los gobiernos a encontrar formas de recompensar a
dichas mujeres también económicamente. Aunque las mujeres fueron
forzadas a un papel privado en la sociedad antiguamente, está preocupado
de que hoy pueden ser igualmente coaccionadas por consideraciones
económicas a aceptar un trabajo pagado fuera de casa, de forma que la
búsqueda de la libertad femenina puede convertirse simplemente en otra
forma de coerción. Debemos trabajar por un mayor respeto por los hijos,
por las mujeres y por las cosas que la mujer valora. Entonces
comenzaremos a inclinar las profesiones y las cosas públicas hacia las
necesidades de las mujeres, en lugar de forzar a las mujeres a
integrarse en los modelos actuales, cuando éstos han sido definidos en
gran parte para adaptarse a los intereses y necesidades de los hombres.
MODELOS DE PAPELES DE AUTÉNTICA FEMINIDAD
Incluso si Edith Stein generalmente correcta en ver una especie de
maternidad espiritual universal como el papel propio de la mujer,
ninguna mujer puede vivir su vocación en un vacío. Edith Stein se da
cuenta de lo importante que es para las mujeres jóvenes encontrar
ejemplos concretos de aquéllas que están viviendo una auténtica
feminidad y que están en paz consigo mismas. Aquí hace tres sugerencias.
Primero, podemos mirar a la mujer fuerte del Proverbio 31, una mujer que
posee muchas virtudes, reverenciada por su esposo e hijos, pero que es
también una mujer de empresa con inquietudes exteriores a la esfera
doméstica. Es industriosa, audaz, generosa y sabia. ¿Cuál es su secreto?
Edith Stein arguye que le podemos encontrar en la frase "una mujer que
teme al Señor, debe ser alabada". A menudo, Santa Edith vuelve, en sus
ensayos sobre la mujer, a este tema de la importancia de desarrollar la
propia vida interior.
No es sorprendente que tuviera que volver a María en conexión con esto,
como la maestra de vida interior, pero también como la encarnación de la
feminidad perfecta. El Papa actual nos dice que Jesucristo revela el
hombre a sí mismo, puesto que es el único hombre a salvo de los efectos
de la caída de la naturaleza humana. Pero si esto es verdad, entonces
también es verdad que María revela la mujer a sí misma, puesto que por
la gracia de Dios ella también fue preservada del pecado y en ella el
alma femenina existe como en el principio fue pensada. De acuerdo con
Edith Stein, María nos enseña cómo ofrecernos a Dios, para ser siempre y
en todas las actividades "la sierva del Señor". No es solamente un
modelo para la mujer dentro del hogar, sino también para la mujer
llamada a la vida religiosa, para la mujer profesional, para la mujer
dedicada a los negocios y a la política, porque la vocación de mujer es
la misma en cualquier lugar. Es "querer, guardar, proteger, alimentar y
potenciar el desarrollo", para servir el bien común como alguien que es
primero servidora de Dios.
Finalmente, Edith urge a la mujer a mirar a sus propias madres para
llegar a comprender bien lo que significa ser una mujer. Sin duda sus
ensayos sobre la mujer deben mucho al ejemplo de su propia madre, y está
claro que sintió un profundo amor y amistad hacia ella durante toda su
vida. Ella urge a cada mujer a intentar vivir, en su propia vida y
circunstancias, el ideal de la verdadera feminidad. Esto significa
ejercer esa vocación maternal que se da especialmente a las mujeres y
que para muchas mujeres hoy tiene poco de encanto o atracción. El
trabajo de una mujer es escondido para la mayor parte e incluso sus
recompensas son intangibles. Exactamente esto es por lo que Edith Stein
espera que las mujeres preserven en la sociedad humana esos valores
espirituales que no pueden medirse. No es que los logros públicos y
materiales de las mujeres no sean importantes, por supuesto, sino que
las mujeres no deben perder de vista los fines para los que todas las
otras cosas son solamente los medios. En una de sus cartas, escribió:
"Sobre la cuestión de sintonizar con nuestro compañero el hombre-la
necesidad espiritual de nuestro vecino trasciende todo mandato. Todo lo
demás que hacemos es un medio para un fin. Pero el amor es ya un fin,
puesto que Dios es amor".
Me gustaría proponer un modelo más de papel para la mujer en este
esfuerzo para definir y practicar la auténtica feminidad. Es, por
supuesto, el de la misma Edith Stein. Cuando el profesor Josef Moller
habló en la dedicación de la Residencia de Estudiantes Edith Stein en
Tubingen, la describió como alguien que "mientras que nunca abandonó una
seria reflexión como cristiana, llegó a colocar el amor al Crucificado
por encima de todo debate e investigación filosófica". Su vida habla tan
fuerte de este amor, dijo, que en comparación su trabajo puede parecer
casi insignificante. Cuando se publicó de forma póstuma en 1950 el
trabajo filosófico de Edith Stein Finite and Eternal Being, uno de sus
amigos de sus días de estudiante, Fritz Kaufmann, publicó una reseña que
no debe tener paralelo en publicaciones académicas. Edith Stein fue una
mujer de fe, escribe, "exactamente a como la fe en todos sus aspectos,
una firme y brillante fe, fue la quintaesencia de su ser. Residía en
cada una de sus palabras, de sus miradas y de sus hechos".
Esa calidad de fe, que Kaufman llama aquí una firme y brillante fe, nos
recuerdan las meditaciones de Edith Stein sobre María. En un discurso a
un grupo de mujeres académicas católicas, Edith Stein habla de la Madre
de Jesús: "Es el tipo ideal de mujer que supo cómo unir ternura y poder.
Permaneció al pie de la Cruz. ¡Ella se había preocupado con anterioridad
por la condición humana, la observó, la comprendió! En la hora trágica
de su Hijo, apareció públicamente." Edith Stein sugiere que en el
pasado, las mujeres pueden haber sido demasiado pasivas. "¡El siglo
veinte exige más!" Con seguridad lo hace también el tercer milenio. Para
Edith Stein no es probable que esta participación mayor en la vida
pública consista fundamentalmente en buscar puestos de mayor poder. Más
bien parece tener en la mente una especie de testimonio profético que
las mujeres podían ofrecer mediante su buena voluntad para denunciar
contra los males de su tiempo. "Quizás casi ha llegado el momento,"
escribe, "para que la mujer católica esté también con María y con la
Iglesia al pie de la Cruz."
Hoy nos encontramos en otra crisis de cultura, en la que las conciencias
están oscurecidas y todo el mundo parece demasiado dispuesto a
sacrificar el inocente a los falsos dioses de la riqueza y la
conveniencia. Depende de cada cristiano el combatir esas fuerzas y
defender la persona humana como intrínsecamente valiosa-siempre un don y
nunca un objeto. El Santo Padre presenta la lucha entre el bien y el mal
al terminar El Evangelio de la vida como una lucha mundial, en realidad
cósmica, que se centra en las mujeres y los niños. Las imágenes del
Apocalipsis, con el terrible dragón surgiendo para buscar a la mujer que
lleva un niño en su seno de forma que pueda devorar el niño cuando
nazca, describen la lucha secular entre los guardianes de la vida y las
fuerzas de la muerte. El niño de esta visión, dice el Papa, es "una
figura de cada hombre, de cada niño, especialmente de cada criatura
débil y amenazada". Contra esta amenaza se opone la mujer, pero no está
sola-Dios está con ella.
En el libro de Sara Ruddick, todas las virtudes de ser madre están
resumidas en un concepto que ella llama "amor atento". Este es el amor
que se pone en el lugar del otro, que ve la vulnerabilidad o la
verdadera necesidad de esa persona y tiende la mano para ayudar.
Reconoce que cada persona es realmente digna de amor, porque el valor
intrínseco del otro se "revela solamente al ojo paciente del amor". El
amor atento mira a los demás de forma contemplativa, sin ningún deseo de
usarlos para sus propios propósitos egoístas, sino simplemente
apreciándoles por su valor intrínseco. Tal atención puede exigir "una
especie de renuncia radical de sí mismo", algo como el vaciamiento de sí
mismo necesario para el ejercicio de la empatía. Sara Ruddick resume
todos estos elementos en pasaje siguiente: "La atención permite que
aparezca la diferencia sin buscar cómodas similitudes, se concentra en
el otro, y permite que haya alteridad. Los actos de atención refuerzan
un amor que no intenta agarrar o adherirse al amado sino que le permite
desarrollarse. Amar un hijo sin secuestrarle o utilizarle, ver la
realidad del hijo con el paciente ojo de la atención", y buscar su bien
más que el propio, es la naturaleza del amor atento. El Santo Padre hace
una observación sorprendentemente similar en el Evangelio de la Vida
(83), pidiéndonos que fomentemos en nosotros mismos y en los demás una
perspectiva contemplativa. "Es la perspectiva de aquellos que no suponen
que toman posesión de la realidad sino que la aceptan como un don,
descubriendo en todas las cosas el reflejo del Creador y viendo en cada
persona su viva imagen... Es importante para todos nosotros adoptar esta
perspectiva, y volver a descubrir con profundo respeto religioso la
capacidad para reverenciar y honrar a cada persona."
Si por razón de la naturaleza y la gracia, las mujeres son a las que es
confiado de forma especial el ser humano, siempre estarán en el centro
de las guerras culturales, sean cuales sean sus otras preocupaciones y
compromisos, públicos y privados. Siempre que las mujeres defienden la
vida, siempre que trabajan por la justicia y promueven el verdadero bien
de las familias, prestan su voz a las víctimas inocentes de la cultura
de la muerte. Puede parecer que estos esfuerzos son en vano, que los
males de nuestra cultura aumentan por horas y que estas voces son
completamente ahogadas por el ruido y el caos del mercado. Pero tenemos
algo más que las armas humanas de nuestro lado. En los Evangelios, Jesús
viene como el que hace que el sordo oiga y que el mudo hable y su poder
no ha cambiado. Por nuestra parte, no debemos cansarnos de hacer el
bien, de hablar del mensaje profético, de luchar contra los enemigos de
la familia y de permanecer al pie de la cruz de aquellos que sufren,
ofreciendo nuestros sufrimientos con los suyos.
Hay una meditación maravillosa sobre la Visitación de María a su prima
Isabel en un sermón de San Ambrosio de Milán. Dice de este encuentro de
dos mujeres en estado de buena esperanza "Isabel fue la primera en oír
la voz (de María); pero Juan fue el primero en experimentar la gracia,
porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan,
en cambio se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de
María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el
hijo sintió la presencia del Hijo, ellas proclaman la gracia, ellos,
viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este
don hasta el punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a
profetizar por inspiración de sus propios hijos". Hermanas en Cristo,
profeticemos nosotras incluso hoy bajo la inspiración de nuestros hijos.
Nuestra fuerza y nuestra elocuencia son limitadas, pero nuestro Señor
nos dará todo lo que necesitamos para decir con confianza el mensaje de
la vida y, si Dios lo tiene a bien, Él hará que los sordos oigan..
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