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Iglesia, mujer, hogar
En la última página de
la Historia Dios propone a la mujer como signo que separa este mundo
caduco del otro que comienza: una gran señal apareció en el cielo:
una mujer … y el que estaba sentado en el trono dijo: he aquí que hago
nuevas todas las cosas (Apocalipsis 12, 1; 21, 1-5). En toda
mujer, en efecto, resplandece esta luz, siquiera levemente. Ninguna, por
vulgar y desgraciada que sea, se sustrae a este misterio. Asociada a
María, toda mujer es Ianua Coeli, puerta por la que Dios y el
hombre entran el uno en el otro. En cada mujer recomienza el mundo.
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Bendito el que en ti viene a mí. Así alaba un antiguo autor a la
Ciudad-Esposa, Jerusalén, en el domingo de Ramos. Aquel día Jerusalén
sale gozosa a recibir a su Esperado, que llega entre vítores a lomos de
un borriquillo: alégrate, hija de Sion, salta de júbilo, Jerusalén:
he aquí que viene a ti tu rey, justo y victorioso (Zacarías 9, 9).
Nosotros, ciudadanos de la nueva Jerusalén, también deseamos cantar a
esta Ciudad nuestra, que es la Iglesia, donde Cristo está siempre
trayéndonos su victoria: Bendito el que en ti viene a mí.
Y lo mismo exclama el varón honesto, limpio de corazón, cuando encuentra
a una mujer hermosa, pues toda mujer es figura de la Iglesia: bendito el
que en ti viene a mí.
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¡Esta es la morada de Dios con los hombres! (Apocalipsis 21, 3).
No se anuncia aquí una mansión cualquiera, por admirable que sea, sino
la definitiva: ¡esta es!, ¡por fin!, ¡llegó la hora! ¿Y por qué
es definitiva? Porque no se presenta como un edificio cualquiera, sino como una novia,
única e irrepetible, que viene a entregarse para siempre: desciende del
cielo como una novia adornada para su esposo. Es la enamorada que,
toda ella, alma y cuerpo, está pronta y preparada para la boda. Y
llegado el momento, cuando los invitados aguardan, ella se hace esperar
con un secreto regocijo, pues sabe que la expectación forma parte de su
adorno. Y cuando por fin hace cruza la puerta, la gente exclama: ¡esta
es!
¿Y quién va a ser esta mujer sino la Iglesia? Sí, sólo una mujer en el
colmo de su hermosura, o sea una novia, puede simbolizar adecuadamente
la morada de Dios. Esta esposa deslumbrante, en trance siempre de
llegar, está latente en toda mujer, quienquiera que sea. Y nuestro
corazón siente el deber apremiante de celebrarlo: ¡esta es!
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De los cuatro, el evangelio más femenino es el de Lucas. En él figuran
muchas mujeres, y principalmente María. ¡Cómo se nota que Lucas,
investigador serio, acudió a buenas fuentes! Se pone a escribir, dice en
el prólogo, después de haberme informado con exactitud de todo desde
los comienzos (Lc 1, 3). ¿Y qué comienzos? ¿Dónde comienza Aquel del
que se dice que fue engendrado, no creado? En María. Pues aunque
no fuera creado, Cristo sí fue criado.
Que se lo pregunten a
María. En Ella comienza, de Ella sale, por Ella se llega. Si quieres
investigar al Hijo haz como Lucas, comienza por la Madre.
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Y ahí tienes a tu pariente Isabel, que ha concebido en su
ancianidad… porque para Dios nada hay imposible
(Lc 1, 36). Para ilustrar el milagro de María, el Ángel propone el
milagro de Isabel: una anciana que concibe. ¿Por qué este milagro y no
otro? Después de los prodigios grandiosos e incontestables de la Sagrada
Escritura, ahora que llega la plenitud de los tiempos, ¿basta este signo
tan discreto para realzar un momento tan sublime? Y sin embargo el
Arcángel insinúa que es precisamente en la concepción de Isabel donde
resplandece el colmo de la omnipotencia divina, sólo superada por la
Encarnación del Verbo: porque nada hay imposible. Para Dios,
en efecto, ser poderoso es ante todo ser fecundo. De ahí que, en el
orden natural, la mayor gloria que puede alcanzar un ser humano es ser
madre.
En el orden sobrenatural sucede algo análogo, pues no hay verdadera
vocación divina que no consista en cierta forma de maternidad
espiritual, más intensa que la de la carne: el celibato, la virginidad,
el apostolado, la dedicación a los pobres… Habituados a valorar la
eficiencia por encima de la fecundidad, los hombres nos hemos vuelto
miopes para Dios.
Ahí tienes a tu prima Isabel, dice el Mensajero, porque tú,
María, sabrás entender esta señal, que a su vez esclarece la tuya. Sólo
el prodigio de una maternidad puede servir de signo para otra
maternidad. De ahí ese entendimiento tácito, hondo, que se da entre las
madres.
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Atención a esta matrona
judía que se alza entre la multitud, esta mujer del pueblo,
fogosa y enérgica (cf. Lc 11, 27-28). Su corazón materno no puede
reprimirse a la vista de Jesús: “¡dichoso el vientre que te llevó y
los pechos que te criaron!, dichoso ese cuerpo de madre que es como
el mío, en Ella, en la Virgen, también me siento madre tuya”. Esto
quería decir la mujer del pueblo, por cuya boca hablaba el
auténtico Pueblo, o sea la Iglesia, a la cual personificaba sin darse
cuenta. En Jesús las mujeres se entienden, las madres se solidarizan y
las esposas alumbran a la Iglesia.
Pero él replicó: dichosos más bien los que escuchan la palabra de
Dios y la guardan. ¿Y cuál es esta palabra? Cristo, el Verbo
encarnado. Por tanto escuchar la palabra es concebirlo y
gestarlo, como hizo María. ¿Y qué es guardar la palabra? Hacerla
crecer, como la madre que cría al bebé dándole el pecho. La réplica de
Jesús equivale a una exclamación: ¡Dichosa mi Madre, que realizó con su
alma lo que significó con su cuerpo!
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