Vía Crucis

14 enero 2007

 

 

 

U N D É C I M A  E S T A C I Ó N

 

 

 

JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

 

 

Ha llegado la hora. Los soldados tumban a Jesús sobre la Cruz, y los verdugos clavan en ella sus manos y sus pies. Esas manos que han curado y bendecido a tantas personas, esos pies cansados que han llevado al Hijo de Dios de lugar en lugar haciendo el bien. En el punto más alto de la Cruz clavan un cartel, en donde está escrito INRI, que significa “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos”.

 

Cayo y Benjamín lo observan todo, temblorosos. Tiemblan de rabia y de miedo. Son niños, como nosotros. Sólo la compañía de María les hace aguantar, no huir. Ven como le levantan en la Cruz, junto a dos ladrones. El dolor es inaguantable. Desde esa altura –que es la altura de su Amor infinito- Jesús contempla toda la historia del hombre, nos contempla a cada uno. Sabe que le vamos a fallar, a traicionar, a olvidar, pero aun así quiere dar su Vida por la nuestra. Los brazos de la Cruz quieren ser un abrazo a cada una y a cada uno.

 

Allí están Benjamín y Cayo, nuestros amigos, al pie de la Cruz, con María y Juan. Valientes. A pesar de todo los niños siempre queremos estar cerca de Él.

 

-          PADRE, PERDÓNALES PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN, le escuchamos.

 

Benjamín, con inocencia, pero con gran cariño, habla con Jesús:

 

-          ¿Te duele mucho? Yo te quiero.

-          ¡Y yo!, apunta Cayo que, de puntillas, se agarra a la Cruz para poder verle mejor.

 

Jesús inclina la cabeza, les mira, sonríe. Estos niños son para Él un gran consuelo, ahora que son tan pocos los que le quieren. Benjamín y Cayo podrían estar jugando o haciendo otras cosas, pero han querido seguirle, estar aquí, al lado de Jesús.

 

 

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